lunes, 12 de febrero de 2024

 

      

ESCUELA PREPARATORIA 64 

Turno: Matutino. Grado: Quinto Semestre: 3er. Grado . Grupo 5                                                                              Materia: Historia Universal.   Prof. Ismael Contreras Plata.                                                                             Nombre del estudiante___________________________________ No. List. _______                               

Despojos y rebeliones a 100 años del imperialismo*

 

Modesto Emilio Guerrero

UNdAv, Venezuela

Despojos y rebeliones a 100 años del imperialismo

Theomai, núm. 36, pp. 119-127, 2017

Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo

Número 36 (tercer trimestre 2017) - number 36 (third trimester 2017)

 


Con cierta relatividad se puede afirmar que estamos a un siglo del nacimiento del imperialismo y que 100 años después de su aparición, el mundo fue transformado por este primer sistema global de tal modo y en una extensión tan significativa, que bien puede ser calificado de “otro” mundo.

Este nuevo mundo está conformado por una vida social llena de “otros” mutuamente convertidos en enemigos mediante la ley del valor y la mutación de casi todo lo existente en mercancía, cosas que disputan con cosas con una creciente relación de extrañamiento; hasta los recursos naturales y bienes comunes fueron convertidos en enemigos a destruir.

Es casi lo opuesto al mundo que existía en la década final del siglo XIX, cuando la forma imperialista se formó como el nuevo sistema de control punitivo global del capital. El imperialismo logró modificar las relaciones humanas y su memoria de ellas como ningún otro poder imperial conocido.

Hace poco más de un siglo la economía de libre cambio comercial e industrial mutó hasta transformarse en un estructura de monopolios internacionales y consorcios centralizados, por una simbiosis con los grandes bancos y los Estados más fuertes; las economías centrales iniciaron su cruzada de inversiones externas hacia cualquier lugar del planeta y con ellas nuevas formas de colonización de poblaciones y territorios ricos en recursos.

El balance, 100 años después, indica que superaron a la colonización clásica, pero más por su extensión y mecanismos sofisticados, que por el uso de la violencia para la expansión económica y la dominación política.

Uno de sus resultados más sorprendentes es el tamaño y la intensidad cualitativa del despojo, no solo medido en términos materiales de recursos sustraídos, sino también cuantificado en naciones ultrajadas hasta convertirlas en desperdicios históricos: Haití, Palestina, Media África, los atolones australianos, Afganistán, Irak, Siria, los refugiados trepando los muros de Europa para sobrevivir a la barbarie como si estuvieran filmando una película de anticipación del fascismo.

Este sistema global se impuso mediante la instalación de una cultura civilizatoria basada en la exclusión, hábitos masivos de la dominación social y jerarquización interindividual, destruyendo lazos sociales centenarios de solidaridad en pueblos enteros y entre ciudadanos y productores materiales. Todo, a través del sutil mecanismo de la mercantilización de todo lo existente, convirtiendo las relaciones humanas en relaciones entre cosas.

El autor colombiano Renán Vega Cantor escribió una obra incomparable para demostrar lo que define como “mecanismo de desposesión permanente”, mediante distintos tipos de despojo que se hicieron sistémicos hasta la actual era imperialista:

“A comienzos del siglo XXI, el fetichismo de la tecnología ha llegado a tal punto que, como lo anticipó brillantemente Carlos Marx, las relaciones no se dan entre seres humanos sino entre cosas inanimadas a las que se les atribuye vida propia, como sucede con todo tipo de máquinas y artefactos. Por supuesto la dominación capitalista se vale de la tecnología para mantener la explotación, las injusticias, la desigualdad, la miseria, todo a nombre de una racionalidad instrumental, que para completar se presenta como neutral (…)

Recordemos que en estos momentos se nos anuncia que las Tecnologías de la Información y la Comunicación han inaugurado una nueva fase de la historia humana, en la cual habrían desaparecido las contradicciones esenciales del modo de producción capitalista y ahora tendríamos la oportunidad de solucionar nuestros problemas y los de la sociedad con la pretendida democratización que traerían consigo los artefactos microelectrónicos, empezando por la computadora (…)

No por casualidad, el elemento central de la concepción dominante de progreso es el de la tecnología, a la que ha quedado reducido el mejoramiento en muchos casos aparente, en las condiciones de vida de la población, dejando de lado la misma idea de progreso moral (…)” (Renán Vega Cantor, Capitalismo y Despojo. Perspectiva histórica sobre la expropiación universal de bienes y saberes. Impresol Ediciones, páginas 16, 17, 18, Bogotá 2013)

Uno de los mitos de la “cultura occidental” se funda en la sabia combinación de república democrática con genocidio y despojo, lograda mediante la magia de crear estados de opinión pública y sentidos comunes masivos en las poblaciones urbanas. El “siglo de la democracia”, según definiciones de diversos apologetas del capital y de las Naciones Unidas, se basa en dos grandes datos reales del siglo XX, de los cuales han logrado invisibilizar uno. Es cierto que en este siglo se estableció en la sociedad mundial, la mayor cantidad de “democracias parlamentarias”, con sistemas jurídicos de tres poderes y sufragio universal, que es la forma de democracia inventada por la clase de los burgueses para la administración del sistema del capital.

En esa perspectiva, Carlos Marx se equivocó en su 18 Brumario de Luis Bonaparte al absolutizar como pronóstico histórico lo que en la Europa de su tiempo fue la experiencia dominante y creer que el próximo siglo iba a estar dominado por “Estados bonapartistas policiales”.

La diseminación mundial de las formas republicanas y las democracias del sufragio y los tres poderes no pudo desprenderse del genocidio, las masacres, las invasiones, matanzas y represión constantes, allí donde encontraba resistencia a esa auto expansión del capital. En la ex URSS, China y Cambodia, también aparecieron otras formas de genocidio y matanzas masivas en el siglo XX, bajo regímenes políticos opuestos.

El imperialismo del siglo desarrolló una capacidad de adaptación, que le permitió, al mismo tiempo, garantizar la expansión del capitalismo con democracias, con genocidios y con la combinación de ambos sistemas de control social

La realidad de lo que se conoce como democracia siempre fue más compleja que los tres poderes republicanos. Un buen ejemplo es la “gran democracia norteamericana”, tan amada desde Domingo Sarmiento hasta el Papa Francisco. Dentro de ella convivieron el parlamentarismo, el voto universal, las libertades civiles y de prensa, con el más feroz sistema de segregación racial de negros y mulatos, de pueblos indígenas, japoneses, o más reciente de latinoamericanos y musulmanes.

Este intenso siglo de despojos múltiples, como nunca sufrió ningún otro tiempo humano, multiplicó las fracturas sociales y reprodujo las divisiones con la misma furia que se reproducen sus capitales.

Esa estructura básica de opresiones fue potenciada y multiplicada por el mecanismo de auto expansión del capital a escala mundial. El mundo de comienzos del siglo XX fue fracturado en tres mundos casi paralelos en sus modos de vida y bienestar, de esos tres mundos pasamos a los bolsones de miseria dentro del “primer mundo” y la profundización de la miseria incrustada en los otros, un panorama suficientemente estudiado por los investigadores de la globalización y el neoliberalismo.

En su carrera de expansión sin límite, la clase de los capitalistas está llevando a la humanidad al borde de su capacidad para sostenerse en este planeta, y esto ha sido posible por la extensión e intensidad del control ejercido por una clase no reconoce fronteras a su necesidad de ganancia. Y en ese movimiento de control permanente, los dueños del capital a escala internacional se adaptaron a las novedades del siglo XX e integraron a su naturaleza económica auto expansiva, la necesidad nueva de defenderse de dos tipos de peligros, uno el “comunismo”,

comenzado como gobierno por primera vez en 1917, el segundo, en paralelo y complementario en términos sociales, aunque no siempre coincidente en sus propósitos políticos, las rebeliones nacionalistas de los pueblos oprimidos y los Estados nación semicoloniales.

Estas rebeliones cruzaron como ciclones caribeños casi todo el siglo pasado y lo que va de este y ha constituido el más grave dolor de cabeza del sistema dominante. La clase de los capitalistas aprendió mucho más rápido que buena parte de la izquierda mundial, que en la vida concreta de los procesos de rebeldía, esas “primitivas” rebeliones de pueblos coloniales y semicoloniales, que apenas están alcanzando la “civilización capitalista”, suelen desatarse fuerza sociales y políticas que conducen a gobiernos socialistas o socializantes, empujados más por la necesidad que por la conciencia y el programa socialista.

En un sentido, más que el propio “comunismo”, al que pudo penetrar, aislar y derrotar sin una sola guerra dentro de sus fronteras.

En cambio, a los gobiernos rebeldes de cualquier tipo, en los pueblos oprimidos que desarrollaron procesos revolucionarios o revoluciones triunfantes, incluso cuando no pasaron de relativos cambios en el régimen político para ganar soberanía, bienestar y un poco de democracia política, les aplicaron todas las formas de guerra, especialmente las no convencionales, como hemos visto en los últimos 15 años de nuestro continente contra los gobiernos llamados “progresistas”.

América latina tuvo la “mala suerte” de quedar espacialmente “abajo” del imperio más poderoso del siglo XX. El costo de esa involuntaria colocación geoestratégica en el hemisferio, reviste los mayores peligros para la estabilidad de las poblaciones y los Estados del continente, incluso para los socios más amigables del Pentágono. Todos, progresistas y proyanquistas somos objetivos de la cacería imperialista; sin nuestros recursos bióticos, energéticos y de mano de obra barata, el sistema del capital no puede auto expandirse en el próximo siglo.

David Harvey, ha reconstruido la teoría del imperialismo, acudiendo al viejo concepto de “creación de espacio” para nuevas acumulaciones de capital, una idea reelaborada por Lucien Lefebvre a mediados del siglo XX, e intuida por Lenin y Luxemburgo cuando estudiaron la expansión territorial de los nuevos monopolios y la tendencia inexorable de los Estados dominantes a controlar nuevas naciones y pueblos.

Esta fracturación extrema de la sociedad mundial y de la vida individual generada por la expansión del capital en su forma imperialista, tiene la siguiente explicación de parte de Harvey:

“La idea principal en que se basa el reajuste espacio-temporal es bastante sencilla. La sobreacumulación en un territorio dado implica un excedente de mano de obra (paro creciente) y excedentes de capital (que se manifiesta en un mercado inundado de bienes de consumo a los que no se puede dar salida sin pérdidas, en una alta improductividad y/o en excedentes de capital líquido carentes de posibilidades de inversión productiva). Dichos excedentes pueden ser absorbidos mediante: a) una reorientación temporal hacia proyectos de inversión de capital a largo plazo o gasto social (como la educación o la investigación), que aplazan la vuelta de circulación del exceso de capital hasta un futuro distante; b) reorientaciones espaciales, mediante la apertura de nuevos mercados, nuevas capacidades de producción y nuevas posibilidades de recursos y mano de obra en otro lugar; o bien c) una combinación de a) y b) (…)

El reajuste espacio-temporal por otra parte, es una metáfora de las soluciones a las crisis capitalistas mediante aplazamientos temporales y expansiones geográficas. La creación de espacio, la organización de divisiones territoriales del trabajo totalmente nuevas, la apertura de nuevas y más baratas fuentes de recursos, de nuevos espacios dinámicos para la acumulación de capital, y la penetración en estructuras sociales preexistentes de las relaciones sociales capitalistas y acuerdos institucionales...” (Harvey, D. El ”nuevo” imperialismo. Sobre reajustes espacio-temporales y acumulación mediante desposesión. Revista Herramienta, Buenos Aires 2004).

En nuestro caso, la presión imperialista constante impidió, por ejemplo, que las revoluciones liberadoras de comienzos del siglo XIX produjeran sociedades de bienestar relativo, algo solo posible con la unificación de las economías y Estados en la segunda mitad del mismo siglo. La clave de esa desgracia se encuentra en dos factores que actúan combinados: la clase social dominante y el tipo de Estado que sirvió a la estructuración del nuevo mundo latinoamericano. Ambos instrumentos sociales se acoplaron al mecanismo de despojo implicado en la expansión del capitalismo a escala mundial, que en esta parte del mundo tuvo a Estados Unidos como la parte más avanzada de la economía de este lado del mundo. Pero Estados Unidos tiene ese nombre porque su clase dominante logró construir un solo Estado nación sobre un territorio subcontinental de dimensiones similares a las de Latinomérica.

Otro investigador actual, Ítzvan Mészáros, resume ese aspecto de la auto expansión contradictoria del sistema del capital, en las siguientes afirmaciones de su obra El desafío y la carga del tiempo histórico, Mészáros escoge el Estado nación como muestra básica de dos aspectos clave del

establecimiento del imperialismo. Primero, porque el Estado-nación republicano europeo fue el instrumento usado para estructurar el dominio global, segundo, porque la clase de los capitalistas fue el agente histórico de esa cultura de dominación. Ambos sujetos fueron los encargados de aplicar “la tendencia auto expansionista a la reproducción de capitales”, aquello que a comienzos del siglo, Rosa Luxemburgo analizó como la nueva acumulación que engendró la forma imperialista.

“Uno de los mayores impedimentos para el desarrollo socialista ha sido, y lo continúa siendo, la persistente desatención de la cuestión nacional. En lo tocante a las determinaciones prácticas/históricas, debemos recordar primero que nada que la formación de las naciones modernas se cumplió bajo el liderazgo de la clase de la burguesía. El sistema de relaciones entre los Estados constituido bajo los imperativos auto expansionistas del capital no podía más que resultar irremediablemente injusto. Tenía que fortalecer y reforzar constantemente la posición altamente privilegiada del puñado de naciones imperialistamente del mismo nivel.” (Mészáros, I., El desafío y la carga del tiempo histórico, pág. 420, Ediciones El Perro y la Rana, Caracas, 2009)

Esa misma herencia de debilidad explica la dificultad que tienen los actuales “gobiernos progresistas” para completar lo que cada uno inició como cambio nacional y proclamó en nombre del proyecto regional latinoamericanista. A más de una década de nuevas relaciones entre estos estados y economías “progresistas”, no ha sido posible estructurar una zona defensiva en términos económicos y políticos, a pesar de los avances evidentes en aproximación de Estados y Gobiernos desde el año 2005 en adelante. La derrota del ALCA y otros hechos, fueron solo la señal de que se podía. Esa potencialidad ganada no fue convertida en geopolítica anti imperialista, salvo excepciones temporales.

Lo que hemos denominado desde hace dos años tendencia a la reversión de los gobiernos progresistas, es apenas la manifestación externa a escala regional, de que esos gobiernos, por separado, y juntos en los organismos nuevos de aproximación, como en la CELAC, UNASUR, ALBA, PetroCaribe, no fueron capaces de superar por lo menos dos estadios, sin los cuales no se podrá avanzar un paso seguro en el mercado mundial y frente al sistema mundial de Estados dominante:

a) romper las amarras que atan esas economías al modelo de acumulación capitalista, b) completar los cambios iniciados al interior (en formas diversas de asistencialismo e inclusión de poblaciones excluidas del consumo por el neoliberalismo), apartando del control de las economías y los Estados a los dueños del capital local, asociados siempre al capital internacional por múltiples vínculos, como lo demostraron los teóricos de la Dependencia. El retraso en esa tarea histórica le está facilitando la labor a los poderes desplegados por el sistema imperialista para doblegar y vulnerar a cada país progresista por separado.

Entre el despojo y la rebelión

También hace más de un siglo, el pensamiento rebelde comenzó a estudiar el fenómeno y dio a luz obras fundantes del pensamiento socialista para comenzar a conocer, interpretar y luchar contra la novedosa manifestación global del histórico sistema del capital.

La producción intelectual del siglo XX abundó en obras que estudiaron el fenómeno imperialista, basta recordar a John Hobson (1902), Rudolf Hilferding (1910), Rosa Luxemburgo (1913), V. I. Lenin (1915), entre otras menos conocidas fueron parte de los intensos debates de entonces. O en el medio siglo, a Sweezy y Baran, Ernest Mandel, Gunder Frank o Samir Amin, entre decenas de autores que produjeron un cuerpo de investigación especial sobre el fenómeno imperialista.

El imperialismo contemporáneo resultó entonces, la confirmación más o menos ordenada, sistémica, de la tendencia inmanente del capital, que, “al superar estos límites {de la producción capitalista} ... solo puede superarlos recurriendo a medios que vuelven a levantar ante ella estos mismos límites, todavía con mayor fuerza” (El Capital, K. Marx, Libro III, FCE, vol. 3 pág. 248).

No le salió gratis. Tuvo que enfrentar los mayores desafíos políticos desde los movimientos de resistencia, rebeliones y revoluciones triunfantes, para las que no estaban preparados sus conductores. En 1917 fue sorprendida por la pérdida del más grande territorio multinacional a manos de los bolcheviques, pero peor le fue tres décadas más tarde cuando tuvo que soportar el corte de las dos naciones más pobladas, una a manos del “comunismo chino”, la otra liberada parcialmente por el movimiento nacionalista popular hindú del Partido del Congreso.

A ese balance preocupante (para ellos) deben sumarse las otras victorias anti imperialistas en una decena de países importantes.

Los monopolios y sus Estados imperiales debieron soportar y acomodarse al corte brusco en casos como Vietnam o Cuba, o la puesta bajo control estatal y regulación temporal de gobiernos nacionalistas en una veintena de países donde movimientos nacionales asumieron gobierno. Unos, de tipo burgués como en México, Brasil y Argentina entre las décadas del 30 y el 50, o de la clase media militar al mando de oficiales nacionalistas en otros países latinoamericanos, pero también en Egipto, Libia, Indonesia, Siria, Irak, etc.

Al desafío del entonces poderoso movimiento mundial de partidos y sindicatos marxistas, de inicios del siglo XX, se sumó el poderoso movimiento de los nacionalismos populares conocido luego como tercermundismo revolucionario en sus múltiples expresiones. Bandung fue la señal de su enorme potencial transformador.

Lenin, con bastante olfato, se adelantó a esa tendencia del siglo y promovió en los congresos fundacionales de la Tercera Internacional, hasta 1921, un programa para la unidad de los movimientos socialistas de cada país con los que aparecían en lo que él llamó, con sesgo reductivo, “pueblos orientales”. El eurocentrismo, primitivismo teórico y positivismo de izquierda que agobió al Estado soviético desde 1924, abortó la posibilidad abierta, en por lo menos dos objetivos posibles:

a) Arrancarle más territorios y poblaciones al auto expansivo dominio capitalista b) Blindar esas conquistas con una nueva cultura civilizatoria como punto de partida para nuevos avances sobre el dominio imperialista.

Ese grave límite, contradictorio con lo iniciado en cada país, facilitó la expansión imperialista sobre el planeta, en el sentido del “reajuste espacio-temporal” que sostienen Harvey.

El balance terrorífico de 100 años de imperialismo no ocurrió “por si solo”, o porque la dominación capitalista resulte mejor como espacio de convivencia humana, tampoco debido a las potencias económicas desbordantes del sistema del capital, resaltadas con demasiada frecuencia mediática por los apologetas del neoliberalismo; tampoco por alguna maldición teleológica de la que no se pueda desprender la humanidad.

Es que en este mismo período de aproximadamente un siglo concentrado en acciones, y extenso en sus transformaciones materiales y simbólicas, las fuerzas de resistencia a la dominación imperialista contemporánea, no tuvieron la mejor inteligencia política para actuar, organizarse a escala internacional o regional (a veces ni siquiera en el mezquino espacio nacional) y contrarrestar la autoexpansión capitalista y desatar sus nudos de dominio central.

Este factor suele ser descuidado en la evaluación histórica. También explica por qué buena parte de la izquierda intelectual o militante reduce las cuentas al existismo ciego o al lamento plañidero cuando se produce una derrota.

Desde la década de los años 30, con la estatización y jerarquización de la izquierda mundial, se instaló la mala maña de negarse a estudiar exhaustivamente la dialéctica entre victorias y derrotas como la partera del proceso histórico de la resistencia. La mayoría de la izquierda mundial se apartó de una rigurosa tradición teórica inaugurada por Marx en 1850, continuada veinte años más tarde con el magistral estudio de la derrota de La Comuna de París.

Este descuido ha impedido advertir que durante el siglo XX, a partir de sus permanentes rebeliones y revoluciones triunfantes, se alteró, y complejizó, la ley de causalidad del proceso histórico, adquiriendo la política, sea como victoria o como derrota, una función especial en el curso de la resistencia, que es la otra cara del avance del sistema económico del capital sobre el planeta.

Un investigador de la mundialización tan autorizado como el francés François Chesnais, aporta estos apuntes para adentrarse en este intrínguli de problemas entre economía y política militante:

“En el siglo XX, la producción capitalista no se enfrentó sólo con sus límites inmanentes, en el sentido de límites originados por las contradicciones de la acumulación. Debió afrontar límites de naturaleza política que se interpusieron en su libre desarrollo como sistema que busca abrazar todo el planeta. Estos límites fueron de dos tipos.

El primero se originó a consecuencia de las rivalidades interimperialistas que aparecieron al finalizar la gran expansión externa de los capitalismos nacionales. Las mismas llevaron a su paroxismo asumiendo la forma de guerras, terriblemente mortíferas a nivel demográfico y terriblemente destructoras a nivel de valores asociados con la idea de civilización. Pero tomaron también la forma de obstáculos muy fuertes a la libertad de movimientos de capitales... El capitalismo experimentó los efectos de un fuerte tabicamiento del mercado mundial. El segundo tipo de límite político experimentado por el capitalismo surgió como consecuencia de las grandes luchas de clases que nacieron aprovechando las brechas abiertas por las guerras interimperialistas que terminaron después de la Primera con la revolución en Rusia y treinta años más tarde, después de la Segunda, con la revolución en China, la independencia semiautárquica de la India y el movimiento de descolonización. Estos acontecimientos provocaron, simultáneamente, una restricción del espacio de valorización del capital y modificaciones en las relaciones entre el capital y el trabajo... El capitalismo de los años 1959 y 1960 fue un capitalismo trabado por relaciones domésticas relativamente favorables al capital y forzado a evolucionar en un mercado mundial a la vez restringido y tabicado. Se adaptó, pero sus estados mayores intelectuales y políticos buscaron los medios de recuperar su libertad y tomarse la revancha. Y lo lograron. Alrededor de 1992-94...” (Chesnais, François, Las contradicciones y antagonismos del capitalismo mundializado y sus amenazas a la humanidad. Revista Herramienta N° 34, páginas 7 a 11. Buenos Aires 2007

 

Debilidades estratégicas y potencialidades de un siglo rebelde

Lo sorprendente es que, durante ese período de estragos, despojos y guerras, en el que se consolidó el imperialismo como sistema mundial de economía y Estados, se registró como si fuera su inexorable anti cuerpo social, la mayor cantidad de actos de rebeldía y movimientos de resistencia, como pocas veces conoció la historia social.

Basta comparar las rebeliones, revoluciones, grandes manifestaciones y aparición de movimientos y organizaciones fuertes de rebeldía de oprimidos y explotados del siglo XIX, con la cantidad registrada en el siglo XX, para notar la pronunciada diferencia a favor del siglo. Si el siglo XVIII y parte del XIX ocupó el “siglo de las revoluciones burguesas”, en la definición de Hobsbawm y la escuela británica de historiadores, pues el XX abundó del mismo fenómeno social, pero de signo opuesto, las de los “condenados de la tierra”.

La paradoja aparente aumenta al recordar que en el siglo XIX nacieron el anarquismo, el nacionalismo militante de los nuevos Estados burgueses en Europa y América latina, y el marxismo. De esos movimientos sociales y sus revueltas épicas se produjeron los acontecimientos revolucionarios de 1848 que conmovieron los cimientos del centro de Europa. Apenas tres décadas antes, como parte del mismo fenómeno, en nuestro continente habían brotado revoluciones militares de norte a sur y producido personajes legendarios como Francisco de Miranda, Simón Bolívar, San Martín, Sucre, Hidalgo, Morazán, Artigas, etc. Sin olvidar el grito admonitorio de La Comuna de París en 1873.

En los casos donde se formaron gobiernos y zonas geopolíticas (como la Gran Colombia o la República Centroamericana) de poder basadas en nuevos regímenes apoyados en aquellos movimientos sociales decimonónicos, se mantuvo intacto el mecanismo de auto expansión del capital.

En varias medidas fue un siglo de transición entre dos grandes épocas revolucionarias y de crisis del sistema del capital, eso impuso el balance y valoración de las grandes revoluciones burguesas europeas recién terminadas en ambos continentes, aunque las de América latina, intensas y de mayor extensión territorial casi no fueron estudiadas.

Aquel siglo fue el de la preparación intelectual para los tiempos y nuevos actores sociales que se anunciaban como convulsos en las entrañas de La Comunne y en las revoluciones centroeuropeas de 1948, o en las mismas rebeliones de algunos pueblos de Asia, del mundo musulmán, o los brotes revolucionarios espasmódicos en Puerto Rico, Cuba, México y otros pueblos del Caribe, sin olvidar lo que anunciaban las Guerras del Pacífico y de la Triple Alianza.

Un siglo después, allí donde se logró cortar la amarras del dominio imperialista, como en la ex URSS, China, Vietnam y la ex Europa del Este, se retrocedió desde la década de los años 80 todo lo que se había avanzado durante medio siglo. Incluso si sumamos a aquel espacio geopolítico de resistencia a los gobiernos del nacionalismo militar y popular y de la izquierda latinoamericana como el cardenismo, el varguismo, el peronismo, el emenereismo boliviano y el sandinismo, que rompieron temporalmente algunas de las ataduras imperiales y actuaron con relativa autonomía, cada uno se devolvió sobre sus propios pasos debido a la misma causa que los obligó a enfrentar el dominio imperial.

La más sorprendente excepción a esa historia es el Estado cubano fundado en una revolución profunda y radical que rompió todas las ataduras imperiales y del capital logró sostenerse medio siglo bajo la amenaza de un Estado gigante a 90 millas de sus costas. Ese, que es sin duda su mérito más notorio en términos históricos, contuvo en su seno el peor de sus males: el aislamiento. Cuba se quedó de revoluciones por medio siglo.

Los actuales gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba, junto a los de Argentina, Nicaragua, Brasil, incluso el de Uruguay, están parados ante el mismo dilema. Con algunas ventajas que no tuvieron los de Perón, Vargas, Cárdenas o Juan Velasco Alvarado. En la última década se construyeron organismos supranacionales decisivos para construir esa zona defensiva vital a la sobreviviencia de nuestros países. El ALBA, la CELAC, PetroCaribe, PetroSur, Banco del Sur, Telesur, incluso organismos ambivalentes como UNASUR, son espacios de articulación inimaginables décadas atrás. Existen pueblos y movimientos con capacidad de acción anti imperialista para sostener proyectos emancipadores, todo eso en medio de un cambio global de relaciones de poder entre China y Estados Unidos y la Unión Europea, con apertura de brechas que son tan importante como los espacios ganados por el capital en los viejos dominios del “socialismo real” o el “comunismo chino”.

Sólo falta la comprensión histórica de la responsabilidad que tienen en sus manos, eso que Fidel llamaría “inteligencia estratégica”.

* Publicado con fines educativos. 





















 

EJERCICIO DE CONCENTRACIÓN


Ejercicios de Percepción 





sábado, 10 de febrero de 2024

La precepción

           

Turno: Matutino. Grado: Primer. Semestre:1ro.  Grupos 1,2,4 
Materia: Psicología II                                                                        
Prof. Ismael Contreras Plata .                                                
Nombre del estudiante          

                                        



Sobre el concepto de percepción

Alteridades, vol. 4, núm. 8, 1994, pp. 47-53

Universidad Autónoma Metropolitana

Unidad Iztapalapa Distrito Federal, México

Alteridades ISSN: 0188-7017

alte@xanum.uam.mx

Universidad Autónoma Metropolitana Unidad

 Iztapalapa México

Sobre el concepto de percepción*

LUZ MARÍA VARGAS MELGAREJO*

La naturaleza de la percepción 

En las últimas décadas el estudio de la percepción ha sido objeto de creciente interés dentro del campo de la antropología, sin embargo, este interés ha dado lugar a problemas conceptuales pues el término percepción ha llegado a ser empleado indiscriminadamente para designar a otros aspectos que también tienen que ver con el ámbito de la visión del mundo de los grupos sociales, independientemente de que tales aspectos se ubiquen fuera de los límites marcados por el concepto de percepción. Es común observar en diversas publicaciones que los aspectos calificados como percepción corresponden más bien al plano de las actitudes, los valores sociales o las creencias. Aun cuando las fronteras se traslapan, existen diferencias teóricas entre la percepción y otros aspectos analíticos que hacen referencia a distintos niveles de apropiación subjetiva de la realidad.

El reemplazo de este concepto por otros no es un problema de serias consecuencias en la medida en que el producto de la investigación presente conclusiones muy generales sobre la aproximación que tienen los actores sociales a los eventos de su cotidianeidad y que dichas conclusiones no conduzcan a confusiones interpretativas. Se vuelve un problema mayor cuando el mal uso del concepto da lugar a sesgos analíticos y cuando el resultado de la investigación se ubica dentro del ámbito del desarrollo teórico-conceptual de las ciencias. Uno de los problemas más graves se presenta cuando las diferencias observadas entre grupos sociales, que corresponden fundamentalmente al plano sociocultural, son confundidas con las diferencias perceptuales que tienen un carácter biocultural; entonces se corre el riesgo de generar inferencias erróneas sobre la existencia de grupos sociales con capacidades físicas menos o más evolucionadas, dando lugar a justificaciones “científicas” racistas, como ya ha ocurrido.[i]  La percepción es biocultural porque, por un lado, depende de los estímulos físicos[ii] y sensaciones[iii] involucrados y, por otro lado, de la selección y organización de dichos estímulos y sensaciones. Las experiencias sensoriales se interpretan y adquieren significado moldeadas por pautas culturales e ideológicas específicas aprendidas desde la infancia. La selección y la organización de las sensaciones están orientadas a satisfacer las necesidades tanto individuales como colectivas de los seres humanos, mediante la búsqueda de estímulos útiles y de la exclusión de estímulos indeseables en función de la supervivencia y la convivencia social, a través de la capacidad para la producción del pensamiento simbólico, que se conforma a partir de estructuras culturales, ideológicas, sociales e históricas que orientan la manera como los grupos sociales se apropian del entorno.

La percepción depende de la ordenación, clasificación y elaboración de sistemas de categorías con los que se comparan los estímulos que el sujeto recibe, pues conforman los referentes perceptuales a través de los cuales se identifican las nuevas experiencias sensoriales transformándolas en eventos reconocibles y comprensibles dentro de la concepción colectiva de la realidad. Es decir que, mediante referentes aprendidos, se conforman evidencias a partir de las cuales las sensaciones adquieren significado al ser interpretadas e identificadas como las características de las cosas, de acuerdo con las sensaciones de objetos o eventos conocidos con anterioridad. Este proceso de formación de estructuras perceptuales se realiza a través del aprendizaje mediante la socialización del individuo en el grupo del que forma parte, de manera implícita y simbólica en donde median las pautas ideológicas y culturales de la sociedad.

Los conceptos de percepción

Una de las principales disciplinas que se ha encargado del estudio de la percepción ha sido la psicología[iv] y, en términos generales, tradicionalmente este campo ha definido a la percepción[v]5 como el proceso cognitivo de la conciencia que consiste en el reconocimiento, interpretación y significación para la elaboración de juicios en torno a las sensaciones obtenidas del ambiente físico y social, en el que intervienen otros procesos psíquicos entre los que se encuentran el aprendizaje, la memoria y la simbolización.

No obstante que la percepción ha sido concebida como un proceso cognitivo, hay autores que la consideran como un proceso más o menos distinto señalando las dificultades de plantear las diferencias que ésta tiene con el proceso del conocimiento. Por ejemplo, Allport apunta que la percepción es:

 algo que comprende tanto la captación de las complejas circunstancias ambientales como la de cada uno de los objetos. Si bien, algunos psicólogos se inclinan por asignar esta última consideración a la cognición más que a la percepción, ambos procesos se hallan tan íntimamente relacionados que casi no es factible, sobre todo desde el punto de vista de la teoría, considerarlos aisladamente uno del otro. (Allport, 1974: 7-8)

Si la percepción es o no un tipo de conocimiento, es una cuestión para posteriores discusiones. No obstante, la caracterización que se ha hecho de ella tiene aspectos cuestionables e, incluso, algunos de ellos no pueden ser sostenidos a la luz de constataciones recientes.

Uno de los aspectos que ha sido privilegiado en los estudios tanto psicológicos como filosóficos sobre percepción es el de la elaboración de juicios, que se plantea como una de las características básicas de la percepción. La formulación de juicios ha sido tratada dentro del ámbito de los procesos intelectuales conscientes, en un modelo lineal en donde el individuo es estimulado, tiene sensaciones y las intelectualiza formulando juicios u opiniones sobre ellas, circunscribiendo a la percepción en el ámbito de la mente consciente.[vi] La percepción no es un proceso lineal de estímulo y respuesta sobre un sujeto pasivo, sino que, por el contrario, están de por medio una serie de procesos en constante interacción y donde el individuo y la sociedad tienen un papel activo en la conformación de percepciones particulares a cada grupo social.

En el proceso de la percepción están involucrados mecanismos vivenciales que implican tanto al ámbito consciente como al inconsciente de la psique humana. En contra de la postura que circunscribe a la percepción dentro de la conciencia han sido formulados planteamientos psicológicos que consideran a la percepción como un proceso construido involuntariamente en el que interviene la selección de preferencias, prioridades, diferencias cualitativas y cuantitativas del individuo acerca de lo que percibe (este proceso se denomina preparación); al mismo tiempo, rechazan que la conciencia y la introspección sean elementos característicos de la percepción. (Abbagnano, 1986)

El hombre es capaz de tener múltiples sensaciones pero sólo repara en unas cuantas tomando conciencia de ellas. Sin embargo, hay sensaciones que también llegan a la mente y son procesadas de forma inconsciente. La percepción subliminal a la cual por mucho tiempo se le negó existencia actualmente es un hecho comprobado. En la percepción subliminal lo percibido puede quedar registrado en la mente en forma inconsciente sin llegar a alcanzar el nivel de la conciencia. González, en desacuerdo con algunos planteamientos psicológicos que señalan que lo percibido debe ser necesariamente verbalizado y consciente comenta que

... existe un número creciente de investigadores que (...) han puesto de manifiesto, más allá de toda duda razonable, la existencia de procesos psíquicos inconscientes, donde estímulos externos de los que el sujeto carece de conocimiento pueden afectar su conducta observable... (González, 1988: 19)

González agrega que los eventos percibidos por debajo de la conciencia se pueden poner de manifiesto cuando influyen sobre la conducta y que pueden hacerse conscientes mediante ciertas técnicas como la hipnosis, la estimulación cerebral o el esfuerzo de la memoria.

La percepción posee un nivel de existencia consciente, pero también otro inconsciente; es consciente cuando el individuo se da cuenta de que percibe ciertos acontecimientos, cuando repara en el reconocimiento de tales eventos. Por otro lado, en el plano inconsciente se llevan a cabo los procesos de selección (inclusión y exclusión) y organización de las sensaciones. Sobre la base biológica de la capacidad sensorial, la selección y elaboración de la información del ambiente se inicia en la discriminación de los estímulos que se reciben, en tal discriminación subyace la mediación de mecanismos inconscientes. Esta mediación impulsa a evaluar lo que en determinado momento interesa de entre todas las posibles manifestaciones sensibles del ambiente; de lo potencialmente percibido se lleva a cabo una selección de lo que es importante dentro de las circunstancias biológicas, históricas y culturales.

La flexibilidad conductual de percibir selectivamente es una capacidad de la especie humana que permite la adaptación de los miembros de una sociedad a las condiciones en que se desenvuelven. Así, la percepción es un caso en el que una capacidad corporal es moldeada y matizada por el aprendizaje. Como ejemplo tomamos la observación de Hall sobre la percepción de sensaciones auditivas y espaciales entre miembros de distintas culturas:

Los japoneses, por ejemplo, excluyen visualmente de muchos modos, pero se conforman con paredes de papel para la eliminación acústica. Pasar la noche en una posada japonesa mientras en la puerta de al lado están de fiesta es una nueva experiencia sensorial para los occidentales. En cambio, los alemanes y los holandeses necesitan paredes gruesas y puertas dobles para eliminar ruidos, y tienen dificultades en atenerse únicamente a su capacidad de concentración para excluirlos. Si dos piezas son del mismo tamaño pero la una elimina los sonidos y la otra no, el alemán sensible que trata de concentrarse se considerará menos apretado en la primera, porque en ella se siente menos invadido. (Hall, 1983: 61)

En el proceso de la percepción se ponen en juego referentes ideológicos y culturales que reproducen y explican la realidad y que son aplicados a las distintas experiencias cotidianas para ordenarlas y transformarlas.

Cabe resaltar aquí a uno de los elementos importantes que definen a la percepción, el reconocimiento de las experiencias cotidianas. El reconocimiento es un proceso importante involucrado en la percepción, porque permite evocar experiencias y conocimientos previamente adquiridos a lo largo de la vida con los cuales se comparan las nuevas experiencias, lo que permite identificarlas y aprehenderlas para interactuar con el entorno. De esta forma, a través del reconocimiento de las características de los objetos se construyen y reproducen modelos culturales e ideológicos que permiten explicar la realidad con una cierta lógica de entre varias posibles, que se aprende desde la infancia y que depende de la construcción colectiva y del plano de significación en que se obtiene la experiencia y de donde ésta llega a cobrar sentido. De acuerdo con los referentes del acervo cultural lo percibido es identificado y seleccionado, sea novedoso o no, adecuándolo a los referentes que dan sentido a la vivencia, haciéndola comprensible de forma que permita la adaptación y el manejo del entorno.

Algunos autores han dicho que la percepción clasifica la realidad a través de códigos (Santoro, 1980). Desde el punto de vista del análisis cultural los códigos son sistemas más bien rígidos, de manera que ese término será reemplazado aquí por el de estructuras significantes para hacer referencia a los elementos sobre los que se clasifican las experiencias sensoriales y se organiza el entorno percibido.

La manera de clasificar lo percibido es moldeada por circunstancias sociales. La cultura de pertenencia, el grupo en el que se está inserto en la sociedad, la clase social a la que se pertenece, influyen sobre las formas como es concebida la realidad, las cuales son aprendidas y reproducidas por los sujetos sociales. Por consiguiente, la percepción pone de manifiesto el orden y la significación que la sociedad asigna al ambiente.[vii]

En la mayoría de la reflexiones filosóficas sobre la percepción[viii] lo que se busca es conocer si lo percibido es real o es una ilusión, de modo que la percepción es concebida como la formulación de juicios sobre la realidad; tales juicios han sido entendidos como calificativos universales de las cosas. En esas aproximaciones no se toma en cuenta el contexto ni se considera el punto de referencia desde el cual se elabora el juicio; así, se reflexiona sobre las cualidades de los objetos sin tomar en consideración las circunstancias en las que tales cualidades se circunscriben.

A partir de los planteamientos de Merleau-Ponty (1975) se ha presentado un punto de vista filosófico distinto. Este autor muestra a la percepción como un proceso parcial, porque el observador no percibe las cosas en su totalidad, dado que las situaciones y perspectivas en las que se tienen las sensaciones son variables y lo que se obtiene es sólo un aspecto de los objetos en un momento determinado.

Como un proceso cambiante, la percepción posibilita la reformulación tanto de las experiencias como de las estructuras perceptuales. La plasticidad de la cultura otorga a estas estructuras la posibilidad de ser reformuladas si así lo requieren las circunstancias ambientales. Al respecto, Merleau-Ponty ha señalado que la percepción no es un añadido de eventos a experiencias pasadas sino una constante construcción de significados en el espacio y en el tiempo.

Percibir no es experimentar una multitud de impresiones que conllevarían unos recuerdos capaces de complementarlas; es ver cómo surge, de la constelación de datos, un sentido inmanente sin el cual no es posible hacer invocación ninguna de los recuerdos. Recordar no es poner de nuevo bajo la mirada de la conciencia un cuadro del pasado subsistente en sí, es penetrar el horizonte del pasado y desarrollar progresivamente sus perspectivas encapsuladas hasta que las experiencias que aquél resume sean vividas nuevamente en su situación temporal. Percibir no es recordar. (Merleau-Ponty, 1975: 44)

Por lo tanto, la percepción debe ser entendida como relativa a la situación histórico-social pues tiene ubicación espacial y temporal, depende de las circunstancias cambiantes y de la adquisición de experiencias novedosas que incorporen otros elementos a las estructuras perceptuales previas, modificándolas y adecuándolas a las condiciones.

Desde un punto de vista antropológico, la percepción es entendida como la forma de conducta que comprende el proceso de selección y elaboración simbólica de la experiencia sensible, que tienen como límites las capacidades biológicas humanas y el desarrollo de la cualidad innata del hombre para la producción de símbolos. A través de la vivencia la percepción atribuye características cualitativas a los objetos o circunstancias del entorno mediante referentes que se elaboran desde sistemas culturales e ideológicos específicos construidos y reconstruidos por el grupo social, lo cual permite generar evidencias sobre la realidad (Vargas M., 1995).

El sistema cultural, según Hall (1990) es aquel sistema que está sustentado en una actividad biológica del hombre y de otras especies de manera filogenética y que es susceptible de análisis cultural por sus mismos componentes y en función de otros sistemas de cultura. En tanto que la ideología, según Aguado y Portal (1992), consiste en representaciones que organizan las prácticas sociales de manera parcial, dependiendo del desarrollo histórico-cultural del grupo social, está mediada por las relaciones de poder y fundamentada en evidencias, siendo éstas

... un presupuesto básico, empírico y funcional, no necesariamente falso, que establece las mediaciones sociales entre los individuos, entre éstos y los grupos sociales y entre los grupos sociales entre sí, en un contexto determinado. [ix] (Aguado y Portal, 1992: 63)

Añaden que las evidencias se construyen cultural e ideológicamente y posibilitan la acción porque organizan y dan sentido a las experiencias inmediatas al estructurar cultural y socialmente la vida cotidiana. La evidencia constituye

..: una unidad inseparable entre lo somático y lo cultural, ya que si bien se nutre de la experiencia inmediata, la  transforma en una representación cultural funcional a los individuos de dicha cultura ya que es útil para la acción sin ser explicativa del fenómeno. Esto le permite al individuo entrar en contacto desde su nacimiento con las diversas modalidades de su cultura, de tal forma que éstas se vuelven parte de sí, de su experiencia corporal y, por lo tanto, difícilmente cuestionables. Todas las evidencias se construyen culturalmente, mediando las percepciones más groseramente biológicas. (Aguado y Portal, 1992: 64)

En la cotidianidad se suele pensar que lo percibido corresponde exactamente con los objetos o eventos de la realidad y pocas veces se piensa que las cosas pueden ser percibidas de otra manera, porque se parte de la evidencia, raras veces cuestionada, de que lo percibido del entorno es el entorno mismo y ni siquiera se piensa que las percepciones sean sólo una representación parcial de dicho entorno, pues lo que se presenta como evidente sólo lo es dentro de un cierto contexto físico, cultural e ideológico. En este sentido, la percepción es simultáneamente fuente y producto de las evidencias, pues las experiencias perceptuales proporcionan la vivencia para la construcción de las evidencias; al mismo tiempo, son confrontadas con el aprendizaje social donde los modelos ideológicos tienen un papel importante en la construcción de elementos interpretativos que se conciben como la constatación de la realidad del ambiente.

Las distintas sociedades crean sus propias evidencias y clasificaciones que ponen de manifiesto la manera como la percepción organiza, es decir, lo que selecciona, lo que codifica, la interpretación que le asigna, los valores que le atribuye, las categorías nominativas, etcétera, marcando los límites de las posibles variaciones de los cambios físicos del ambiente. Los miembros de la sociedad aprenden de forma implícita esos referentes y los transmiten a las siguientes generaciones, reproduciendo el orden cultural.

La percepción está matizada y restringida por las demarcaciones sociales que determinan rangos de sensaciones, sobre el margen de posibilidades; así, la habilidad perceptual real queda subjetivamente orientada hacia lo que socialmente está “permitido” percibir. A este respecto, Hall comenta que la percepción comprende también a los elementos perceptuales excluidos, y proporciona el siguiente ejemplo:

Las personas que se han criado en diferentes culturas aprenden de niños, sin que jamás se den cuenta de ello, a excluir cierto tipo de información, al mismo tiempo que atienden cuidadosamente a información de otra clase. Una vez instituidas, esas normas de percepción parecen seguir perfectamente invariables toda la vida. (Hall, 1983: 60-61)

Por otra parte, la cultura transforma las condiciones ambientales para adecuarlas a la estructura corporal y social de los grupos.

Por ejemplo, en el Medio Oriente los olores naturales del cuerpo humano tienen una función comunicativa muy importante para las relaciones interpersonales y comerciales (Hall, 1983); en cambio, en las sociedades occidentales los olores naturales de las personas no son importantes y tendemos a eliminarlos o encubrirlos con otros aromas, en tanto que los olores corporales fuertes, se consideran repugnantes. (Vargas M., 1995: 19)

Los grupos humanos mediante pautas culturales e ideológicas dan significado y valores a las sensaciones, estructurando de esta forma la visión de la realidad, al tiempo que conforman las evidencias sobre el mundo, de modo que la información del ambiente se recoge y elabora mediante filtros aprendidos desde la infancia y permite interactuar adecuadamente según las condiciones del medio físico y social.

La apropiación de la información de los objetos y eventos del entorno permiten crear y recrear evidencias de su existencia y elaborar significados respecto de tales cosas, se les atribuyen cualidades que constituyen categorías descriptivas dentro del rango de posibilidades de sensibilidad, así con ellas se entiende el mundo desde un punto de vista estructurado a partir de valores culturales e ideológicos.

Las fronteras del concepto de percepción

Una de las razones por las que el concepto de percepción se ha confundido con otros conceptos relacionados con la cosmovisión, como los valores sociales, las actitudes, las creencias, los roles y otros elementos de las prácticas sociales (como se indicó al principio), es que las fronteras mutuas se traslapan en tanto que todos éstos se refieren a conjuntos de estructuras significantes que describen cualitativamente a las vivencias,[x] es decir que proporcionan los referentes a partir de los cuales se asignan calificativos, cultural e ideológicamente construidos, para las características atribuidas al entorno.

La percepción ofrece la materia prima sobre la cual se conforman las evidencias, de acuerdo con la estructuras significantes que se expresan como formulaciones culturales que aluden de modo general a una característica o a un conjunto de características que implícitamente demarcan la inclusión de determinado tipo de cualidades y con ellas se identifican los componentes cualitativos de los objetos.

Las estructuras significantes se presentan organizadas en forma de sistemas con los que se evalúa lo percibido. Por lo tanto, estos sistemas son referentes empíricos que designan rangos cualitativos mediante los cuales se identifica la experiencia sensorial. Es a través de las estructuras significantes que el perceptor se apropia de las porciones de realidad ubicándolas dentro de una gama específica de posibilidades aprendidas, integradas y reconocidas socialmente. Para la calificación de las vivencias la percepción se norma de acuerdo con la estructura de valores vigentes en la sociedad.

Las estructuras significantes se presentan organizadas en forma de sistemas con los que se evalúa lo percibido. Por lo tanto, estos sistemas son referentes empíricos que designan rangos cualitativos mediante los cuales se identifica la experiencia sensorial. Es a través de las estructuras significantes que el perceptor se apropia de las porciones de realidad ubicándolas dentro de una gama específica de posibilidades aprendidas, integradas y reconocidas socialmente. Para la calificación de las vivencias la percepción se norma de acuerdo con la estructura de valores vigentes en la sociedad.

En suma, las estructuras significantes son el punto de referencia desde el cual se organizan socialmente los elementos del entorno; al mismo tiempo, ofrecen el marco de referencia sobre el que se organizan las subsecuentes percepciones. Las estructuras significantes pueden aparecer expresadas como conceptos colectivos en forma de sistemas de categorías, por ejemplo las formas, los tamaños, los colores, las cantidades, las texturas.

La formulación y el aprendizaje de sistemas de referentes cualitativos para comparar las experiencias no se queda únicamente en el ámbito de las características físicas, sino que incluye también las formulaciones de categorías elaboradas sobre otros niveles de cualificación de la vivencia en diferentes planos de concepción, que son elaboraciones de un nivel diferente al de la percepción, por ejemplo, el plano de la estética, la moral, la religión, la política, etcétera, a los que corresponden categorías como la belleza, lo bueno, lo normal, los roles, entre muchos más.

Suponiendo el siguiente caso en el que se califica a un objeto como desagradable: desde la perspectiva de las características perceptuales, el objeto puede integrar características como el ser grisáceo, opaco, grande, rugoso, de forma irregular, etcétera, y, desde la perspectiva de los valores sociales, a partir de la experimentación de estas cualidades integradas, dicho objeto es calificado como algo  desagradable, según la norma cultural vigente.

Los diferentes niveles de evaluación de la realidad social (entre los que se encuentra la percepción) están en constante interacción pues proporcionan los elementos analíticos para evaluar la realidad, cuya cualificación pone en juego simultáneamente estos niveles.

Un ejemplo, el caso de una camisa: desde el nivel de la percepción hay varios trozos de tela cortados y cosidos formando una unidad denominada camisa, de color blanco, no muestra manchas y no despide olores corporales; se puede decir al respecto que, desde el nivel de los valores sociales, hay una camisa limpia. En otro caso, dentro del ámbito de la salud, según la creencia, se identifica a alguien como enfermo porque desde el plano perceptual la temperatura de su cuerpo está elevada, su tez está pálida, entre otros signos reconocidos como los de una persona enferma. Otro ejemplo, ubicado dentro del medio ambiente natural, es considerar que, desde la perspectiva de los valores sociales, es peligroso caer en determinada laguna, porque existen los referentes perceptuales de que ésta es grande, es profunda, hay animales que habitan en ella y, quizá, hasta se rememoren accidentes sufridos por otras personas que hayan caído en esa o en una laguna semejante; paradójicamente la misma laguna puede tener un uso dentro de la comunidad, por ejemplo se va a nadar a ella, se pesca en ella, etcétera.

Con la habilidad para transformar el ambiente los grupos humanos constantemente crean y recrean condiciones de vida que las siguientes generaciones tendrán que afrontar. En cualquier situación, el procurar un cierto tipo de estímulos tendría como finalidad evitar aquellos que pudieran dañar a los individuos. Pero, la significación de los estímulos peligrosos es variable en el tiempo y el contexto, lo que es valorado como riesgoso puede dejar de ser pensado así o puede permanecer encubierto a cambio de la obtención de otras ventajas básicas o superfluas.

Si una vivencia que tiene un contexto definido puede llegar a ser ubicada simultáneamente en diferentes planos de realidad, por la naturaleza del pensamiento simbólico involucrado en la formulación de significados, con mayor razón una vivencia sin contexto. Por ejemplo, si a un grupo de personas se les dice la categoría “manzana”, habrá quienes evoquen una fruta de forma característica y de color rojo, tal vez plasmada en un papel; otras personas pueden imaginarla con hojas en un extremo o colgada de un árbol; alguien más puede pensar en esa fruta, preferentemente roja, sobre un escritorio de un salón de clases; algún otro imaginará una deliciosa manzana mordida por una bella joven que cae en un profundo sueño; habrá quien piense en una manzana de colores y computadoras.

Así pues, un término dicho en abstracto puede evocar diferentes experiencias, no necesariamente ajenas entre sí, e involucrar distintos planos de elaboración conceptual y simbólica del mismo evento, porque en la realidad social la cosmovisión está constituida por la integración de sistemas de categorías de diferentes niveles en constante interacción.

Aun cuando los planteamientos señalados sobre la percepción en apariencia luzcan esquemáticos y deslindados, en la realidad social no es así. La separación aquí mostrada es un intento de análisis de la percepción como uno de los conceptos importantes en la conformación de la cosmovisión de los grupos sociales.


Notas

Las cursivas son colocadas para mejor comprensión del texto, no son del autor. 

[i] Éste fue el caso de la percepción visual en el siglo pasado y en las primeras décadas del presente; para información más amplia al respecto consultar a Viqueira (1977).

[ii] Los estímulos son aquellos cambios energéticos que existen en el ambiente y que son percibidos por los órganos sensoriales, es decir, los cambios energéticos ambientales adquieren el carácter de estímulos en tanto que puedan ser captados por un organismo que los sienta.

[iii] La sensación es la estimulación de los órganos sensoriales por un rango específico de cambios energéticos ambientales, ya que los órganos sensoriales tienen límites de sensibilidad más allá de los cuales las modificaciones ambientales no provocan sensaciones. El ser humano posee la facultad de captar una infinidad de elementos estimulantes de cierta calidad, intensidad y cantidad de acuerdo con sus capacidades corporales, con ligeras variaciones individuales que dependen de diferencias en los umbrales sensoriales. Además, dentro de estos límites se regula la inclusión y exclusión de los estímulos a percibir, pues de la gran cantidad de información potencialmente captable por las estructuras corporales se lleva a cabo, a través de mecanismos psíquicos, una selección de la información útil para las circunstancias del entorno físico y social.

[iv] La psicología ha generado también el concepto de percepción social para designar a aquella percepción en la que influyen los factores sociales y culturales y que tiene que ver tanto con el ambiente físico como social; en realidad, la percepción humana es social y se estructura con los factores sociales y culturales. De hecho, lo que finalmente hacen es abordar otros aspectos sociales como las creencias, las actitudes, las opiniones, los valores o los roles sociales. Hay quienes han empleado ese concepto para referirse al reconocimiento que el individuo hace de las otras personas

[v] Por ejemplo Allport 1974; Cohen, 1973; Coren y Ward, 1979; Ardila, 1980; Day, 1981a; Rock, 1985.

[vi] La conciencia como elemento importante de la percepción tiene sus raíces en la filosofía cartesiana (Benítez G., 1992).

[vii]  El ambiente se concibe aquí en un sentido amplio: tanto físico como social, tanto interno como externo al sujeto y la sociedad.

[viii] Por ejemplo, Carterette y Friedman, 1982, y en general los filósofos clásicos y la mayoría de los llamados filósofos modernos

[ix]  Subrayado

[x]Las vivencias no tienen que ser necesariamente experimentadas por el sujeto, las situaciones pueden ser narradas y apropiadas por el individuo constituyéndose como una vivencia personal.

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 *Publicado con fines educativos 

* *  Centro de información y Documentación Antropológica. Universidad Autónoma Metropolitana--Iztapalapa/Departamento de Atención a la Salud, Universidad Autónoma Metropolitana--Xochimilco