Alternativas cubanas en Psicología / vol. 3, no. 9.
¿MARXISMO VS HUMANISMO?:
EL SER
SOCIAL EN EL SER HUMANO¨*
Walter Lizandro Arias Gallegos
Universidad Católica San Pablo,
Arequipa - Perú
Resumen
En el presente trabajo el “humanismo” como escuela
psicológica y principio filosófico es analizado desde la postura marxista y
confrontado con su interpretación idealista. Se resaltan los aportes y contradicciones del humanismo
tanto psicológica como filosóficamente para llegar a una
posición integradora del hombre como ser humano y producto social.
Palabras
clave: Marxismo, humanismo, epistemología, libertad, sociedad, reflejo.
Abstract
In
the
following work, the “humanism”
such
as psychological school and philosophical
principium is analyzed from Marxism
theory and confronted
with its idealistic
interpretation. Contributions and contradictions of humanism are psychological
and philosophically underlined in order
to reach a holistic position of man such
as human being and social product.
Key
words: Marxism, humanism, epistemology, liberty, society, reflex.
Definición de lo bueno y lo
humano
El humanismo responde a una
concepción, que desde el punto de vista idealista postula un nativismo semejante
al de Descartes o Sócrates, pero que queda mejor definido con la frase de Juan
Jacobo Rousseau: “el hombre nace bueno y
la sociedad lo corrompe”.
Este idealismo nativista, llega a la psicología por medio de G. W. Allport,
quien en 1930 sentara las bases del humanismo psicológico al utilizar por primera
vez, el término de “psicología humanista”. A su vez, Abraham Maslow y Carl Rogers se
identifican con esta propuesta y desarrollan cada uno, una teoría que parte de
la “idea” de que el hombre es
en esencia bueno y
que busca su autorrealización, ya sea por
medio de la satisfacción de sus necesidades (proceso que Maslow
concibe desligado de las condiciones históricas y sociales
particularmente humanas) o por el amor incondicional que debe recibir de sus semejantes.
La psicología marxista en cambio
desarrolla un humanismo concreto, es decir materialista, que no parte de la
“conciencia” como determinante de su ser, sino que toma al ser como
determinante de la conciencia. Este “ser”, a diferencia de la concepción
humanista, no es un ser fenomenológico, en el sentido filosófico de la palabra,
sino que es eminentemente social; y es que no podemos llamarnos HUMANISTAS si
negamos la condición básica del hombre que es su esencia social, ya que como dice
Merani (1969): La sociedad es la que lleva al individuo a la humanidad.
El hombre ha sido siempre producto de las circunstancias, específicamente sociales. Sus características psíquicas son el reflejo
de su modo de vida, y surgen de hechos histórico-sociales concretos. Por eso
decimos que bondad, autoestima, autorrealización, confianza, empatía, etc.; son
conceptos incomprensibles fuera del contexto social. Estas manifestaciones no
son fenómenos que deambulan unívoca y eternamente
a través del
tiempo y de la historia,
pues no existen
independientemente del hombre, ni de las estructuras sociales; sino que son más
bien producto de determinadas condiciones materiales de existencia (Merani,
1984).
Un humanismo que se denomine
como tal, por el solo hecho de “preocuparse” por el hombre como individuo, es
un humanismo incompleto y estrecho, y por ende errado. El hombre como
individuo, fuera del contexto social, es solamente un ente biológico dotado de
posibilidades orgánicas, pero su realidad humana es esencialmente social. Podemos afirmar incluso, desde un punto de
vista psicogenético, que el hombre fuera de la sociedad es solamente un animal.
Como ejemplo se tienen todos los casos de “niños salvajes” (Merani, 1972), que
crecieron y se desarrollaron en condiciones estrictamente naturales, privados del
abrigo cultural que brindan las instituciones sociales como la familia, la escuela
y la comunidad. En todos estos casos las
funciones psicológicas superiores (Vygotsky,
1987, 1979), es decir, aquellas que son exclusivas del ser humano (como
lenguaje, pensamiento, conciencia, etc.), se encontraban ausentes. Esto se debe
a que como dice Vygotsky: “La internalización de las actividades socialmente arraigadas
e históricamente desarrolladas es el rasgo distintivo de la psicología humana.
La base del salto cualitativo de la psicología humana al animal” (Vygotsky, 1979,
p. 94). Lo humano en consecuencia proviene de lo social,
y puede ser definido como el complejo de manifestaciones culturales que se revelan
psicológicamente en el hombre que se ha desarrollado en el seno de la sociedad.
A la pregunta ¿Es el hombre
bueno por naturaleza? Diremos que definir lo bueno y lo malo, no puede darse de
manera positiva o negativa, es decir como presencia o ausencia de la bondad o
la maldad. Optar por una definición de esta naturaleza es una mera y vacua
tautología. La bondad y la maldad, entendidos como unidad y lucha de contrarios,
no se sustentan en una simple
interdependencia existencial pues
esto nos
conduce al positivismo. Su interdependencia es dialéctica, o sea que dependen
de las condiciones materiales de existencia. Lo bueno y lo malo son valores, y
los valores son manifestaciones humanas, no existe la bondad ni la maldad en el
género animal, pues ellos no son conscientes. El hombre es un ser con valores
porque es consciente de sus actos y de sí mismo.
Juzgar algo bueno o malo, es una
valoración, una valoración moral. Los valores morales se forman en sociedad, en
comunión de ideas y normas que regulan la conducta humana en su manifestación individual
y social. Los valores humanos no son absolutos, pero tampoco son relativos,
estos son más bien, productos sociales, y por ende, determinada sociedad
demanda valores particulares para cada pueblo. En las sociedades capitalistas
se promueve el individualismo a través de la libre competencia, el socialismo
sin negar la individualidad alienta el trabajo cooperativo. Pero cuidado, pues
la sociedad no es la suma de individuos, es ante todo un sistema de relaciones
sociales y humanas, regidas por valores y la historia sociocultural que los
engendra.
Para finalizar, no debemos
confundir la bondad con el optimismo. El hombre no es esencialmente bueno, pero
sí es optimista; pues el optimismo
está determinado por la satisfacción de las necesidades
humanas. En el curso de la historia, cuando el hombre vence de manera
paulatinamente las fuerzas de la naturaleza, va asentando la base para el goce
y la satisfacción (Platonov, 1973); así surgen las emociones y los
sentimientos, que movidos proactivamente se les conoce mejor como optimismo. El
optimismo no es pues, como afirman los humanistas idealistas, una condición
individual sino histórico-social.
Libertad, Humanismo y Sociedad
El problema filosófico de la
libertad es un dilema que trasciende a lo psicológico para convertirse en un
debate sociopolítico. Los pensadores
neoliberales, que frecuente y curiosamente son también “humanistas” y
viceversa; predican que el socialismo y el marxismo arremeten contra la
libertad del hombre porque según ellos, lo
social provoca la eliminación
de lo individual (Ñaupari, 2004). Sin embargo,
debemos replicar que lo individual no es sinónimo de libertad. La libertad se
manifiesta tanto en el plano individual como en el social. En el primero la
libertad es independencia personal para el desarrollo pleno de la actividad, y
en el segundo es individualidad social libre (Gould, 1975).
Dialécticamente, el uno deviene
en el otro, como premisa y condición de la libertad misma.
El marxismo no niega la
individualidad del hombre, al contrario, la promueve y la defiende: Parte de la
interpretación histórica del ser social (Vygotsky, 1979) y desemboca en la
síntesis dialéctica de la conciencia social, donde las estructuras orgánicas y
las fuerzas sociales moldean la individualidad psicológica del hombre, mejor
expresada en su personalidad.
El humanismo de Marx lo
apreciamos en su lucha contra la alienación y la enajenación que propaga el
capitalismo, así como en la autorrealización humana por medio del trabajo y el respeto
a la individualidad de la personalidad, tres aspectos que vertebran la
concepción socialista del hombre y que son tomados por la psicología marxista.
En otras palabras, el marxismo no
está en contra de la individualidad, sino en contra del individualismo que
alienta el capitalismo. Por ello Marx (1973) ve en el capitalismo, una amenaza
que deshumaniza al hombre, al favorecer la enajenación y la alienación.
La filosofía de Marx como una
gran parte del pensamiento existencialista, representa una protesta contra la enajenación
del hombre, su pérdida de sí mismo y su transformación en una cosa; es un movimiento
contra la deshumanización y automatización del hombre, inherente al desarrollo del
industrialismo occidental. (Fromm,
1962, p. 7)
Cuando Fromm menciona que la filosofía
de Marx es existencialista, reconoce la focalización del marxismo en el “ser”.
El ser que va de lo social a lo humano y no al revés, como lo han propuesto los
idealistas al decir que la “existencia precede a la esencia”. Es aquí donde las diferencias entre la filosofía
humanista y la filosofía marxista se pierden en la depresión del ángulo
existencialista, que tiene como vértice común la lucha humana por la libertad.
No se trata de poner al humanismo en el mismo nivel que el existencialismo, pues
mientras el primero exalta la bondad innata, el segundo asume una posición fatalista
de la existencia humana. Pero ambos, aunque
con ciertas particularidades, entrañan el idealismo que concibe la libertad
como virtud abstracta e independiente, cuasi-antropomórfica, que nos recuerda a
las deidades griegas.
Así, mientras que para los
humanistas y existencialistas la libertad radica en la búsqueda del ser, para el
marxismo, la libertad recae sobre el conocimiento de las necesidades. Por ello para el humanismo idealista, la
libertad está presente en todas las situaciones, su filosofía es incapaz de distinguir
un régimen social de otro (Gould, 1975). El hombre no es libre por el mero
hecho de poder decidir, será libre según la conciencia de sus actos y de sí
mismo.
La libertad no consiste en una
independencia imaginaria respecto de las leyes de la naturaleza, sino en
conocer estas leyes y, por tanto, tener la posibilidad de utilizarlas según un plan,
para fines determinados. Por ello la libertad no es otra cosa que la capacidad
de tomar decisiones sabiendo de qué se trata. (Platonov, 1973, p. 261)
En las sociedades capitalistas,
la libertad es confundida con la individualidad, porque, esto resulta muy
conveniente a la hora de imponer una individualidad sobre otra; y eso no es
otra cosa más que explotación.
La libertad no puede entenderse
como un derecho inherente al ser humano, eso es idealismo puro. No es que no
deba promoverse la libertad humana, pero si asumimos que un ser humano es libre
solo por existir, entonces estamos negando la realidad, una realidad de desigualdades
que es ciertamente predominante en este mundo globalizado. En realidad, el
hombre debe aspirar a ser libre como ser social. Pensar que el hombre es libre
como individualidad es vivir en un mundo de fantasía, donde todos los hombres
son buenos: Eso es humanismo idealista abstracto. Si pensamos que la humanidad
está condenada a la enajenación, eso es existencialismo; pero si pensamos que los
hombres son un producto de lo que la sociedad actual modela, eso es
marxismo.
En consecuencia el hombre no es
intrínsecamente bueno ni malo, ni libre o enajenado; el hombre será lo que la
sociedad disponga que sea. Surgen tres interrogantes aquí: ¿En qué
sociedad vivimos?, ¿qué clase de hombres queremos formar? y ¿de quién o
qué depende formar esa clase de hombres? De las respuestas que demos a estas
inquisiciones, depende nuestra libertad, el desarrollo social y la asunción de
un ideario humanista verdadero.
El reflejo psíquico es proactivo
Un rasgo característico de la
psicología humanista es su visión optimista del mundo que se manifiesta a
través de su interés por la bondad, la libertad y la autorrealización humana.
El marxismo como teoría y praxis filosófica también promueve la libertad y la
autorrealización del hombre, pero concibe estos constructos, como
manifestaciones culturales y productos de la historia. Ahora nos centraremos en
la discusión de un aspecto que toca Allport (1973), como rasgo esencial de su
psicología, y que es el núcleo de la psicología humanista, pero no exclusivo de
esta como el autor nos lo quiere hacer
notar.
En su famoso libro La
personalidad, su configuración y desarrollo, Allport escribe lo siguiente: Obsérvese
cuan numerosos son en la psicología contemporánea los términos que empiezan con
el prefijo re: receptor, reacción, respuesta, reflejo, represión, repetición, recompensa,
refuerzo, regresión, para citar algunos ejemplos. ... Podemos deducir justificadamente de todo ello
que la mayor parte de las teorías psicológicas que predominan en la actualidad son
más o menos receptivas, recapitulativas
o reverberativas en los puntos en que
más centran su atención. Menos frecuente es en la terminología psicológica la
orientación a lo que ha de venir, a la actividad dirigida a futuro. El prefijo pro
raramente se encuentra en el vocabulario técnico de la psicología.
Se habla a menudo de reacción,
pero casi nunca de proacción. Se estudia la regresión, pero no la progresión. Resulta que mientras los seres humanos se
ocupan de vivir sus vidas proyectándolas a futuro, las teorías psicológicas se
ocupan principalmente en seguir la vida en dirección al pasado. Todos nos
sentimos espontáneamente activos, pero
numerosos psicólogos nos dicen que únicamente somos reactivos. (Allport, 1973, pp.
249-250)
La opinión de Allport es
valiosa, pero su visión no es dialéctica. La crítica de Allport atañe al
marxismo como teoría materialista del reflejo psíquico, propiedad indispensable
para la psicología humana y animal: El reflejo psíquico es la capacidad
psicofisiológica de proyectar el mundo externo dentro del mundo interno, que
nos permite interactuar con el medio que nos rodea. Este reflejo se manifiesta
en dos planos, uno fisiológico y otro psicológico. En el primer caso, estamos
hablando del “arco reflejo”. Según este esquema inicialmente planteado por Descartes
(1596-1650), es una cadena de tres procesos neurales la que nos permiten
interactuar con el mundo recibiendo las señales que vienen de afuera y
emitiendo respuestas que salen desde adentro. Estos procesos son: 1) las vías
aferentes, 2) el procesador de la información y 3) las vías eferentes. El
reflejo fisiológico así visto, está incompleto y conlleva a la reiteración
mecánica de la conducta, sea humana o animal. De modo que para que el reflejo
fisiológico asegure la correcta adaptación al medio hace falta un cuarto
proceso. Este proceso es según Piotr K. Anojín (1987) la “aferentización de
retorno”, y garantiza el funcionamiento sistémico de los organismos vivos, en
una síntesis dialéctica de lo pasado y lo futuro. Por eso dice “es evidente que
los rasgos esenciales del resultado futuro se forman de manera dinámica,
gracias a los procesos multifacéticos de la síntesis aferente, con la
extracción de la memoria de la experiencia vital pasada y de su resultado”
(Anojín 1987, p. 93).
El reflejo es entonces un
“fenómeno proactivo”, pues permite ir hacia adelante. La aferentización de retorno
brinda pues la retroalimentación justa y necesaria, para que los organismos vivos
no respondan al medio mecánicamente, sino que modifiquen su estructura (filogenia)
y su función (ontogenia) sistémicamente gracias al reflejo anticipatorio de la
realidad. El reflejo psicofisiológico sin este cuarto proceso hace imposible el
aprendizaje, y por ende, el desarrollo de las especies y de los individuos,
sería igualmente imposible. Teniendo en cuenta que, en el caso del hombre, su
lucha por la supervivencia no se da como una adaptación a la naturaleza, sino como
un proceso de transformación social que permite su adaptación en el plano
histórico (Merani, 1984).
Allport entonces, comprende el reflejo psíquico de manera mecánica mas no dialéctica, donde el
principio y el fin, el pasado y el futuro, lo fisiológico conforman una unidad. Lo primero determina lo
segundo y viceversa. Tenemos que, sobre la base de los procesos neurofisiológicos, se forman reflejos
condicionados como conexiones nerviosas temporales que, en los seres humanos, dan lugar al reflejo
psíquico. El aspecto psicológico del reflejo es como dice Lenin una copia inexacta de la realidad, una
representación subjetiva del mundo objetivo (Lenin, 1967). Sobre este tema recae una lucha histórica
epistemología materialista y la idealista.
.
Psicología marxista y
epistemología humanista
Además de lo antes mencionado,
la crítica hecha por Allport tiene, un trasfondo fenomenológico, que merece ser
atendido, a la luz del humanismo idealista y materialista. Históricamente, los
psicólogos hemos sin duda, sido mezquinos con la psicología tanto como ciencia
y como profesión. Cuando se hace ciencia, muchas veces, los psicólogos no han
respetado la dignidad humana; no quizá como un acto deliberado, porque el
desarrollo de la ciencia en general y de la ciencia psicológica en particular ha
pasado por un proceso de perfeccionamiento que sigue el curso de lo radical a
lo flexible, de lo dogmático a lo dialéctico, de lo intuitivo a lo programado,
de lo indigno a lo ético.
Como profesión, la psicología ha
visto en los pacientes objetos más que sujetos, se ha centrado más en los
problemas que en las soluciones, ha criticado más que entender; y sobre este
punto la crítica de Allport, de los humanistas y otros fenomenólogos, es
atinada: “Ha sido evidente, tanto por nuestra experiencia clínica como por nuestra investigación, que cuando el
consejero percibe y acepta al cliente tal cual es, cuando deja de lado
toda evaluación y entra en el marco de referencia perceptual del mismo, lo
libera para que explore nuevamente su vida y su experiencia, lo libera para
percibir en esa experiencia nuevos significados y nuevas metas” (Rogers, 1997,
p. 55).
El psicólogo debe pues, orientar
su labor hacia el paciente, partiendo de una actitud empática y conciliadora,
insertando la educación a la psicoterapia. Este principio ha sido ampliamente
tratado por los humanistas como Allport (1973) y Rogers (1997), quienes
plantean como objetivo reestructurar la visión del paciente. Esto es generar
nuevos insights, que favorezcan su ajuste al medio. Por esta razón el humanismo
busca la autoaceptación del paciente a través del apoyo incondicional del terapeuta,
que no está en el escenario terapéutico para censurar, sino para aceptar. Este
aspecto particular exhibe una visión estoica, que induce al sometimiento para
con la naturaleza, asintiendo y aceptando la realidad. El hombre empero, no se
somete a la naturaleza, sino que la transforma y en este proceso se transforma él
mismo (Engels, 1961). He ahí otro punto de quiebre, entre el humanismo idealista
y la psicología marxista. Aunque las ideas de Rogers son ciertamente apropiadas,
resulta evidente, que atender este asunto, implica también analizar la teoría del
conocimiento que subyace a su filosofía.
La epistemología idealista de la
escuela humanista rechaza la realidad concreta, y antepone a esta la realidad
del paciente y del terapeuta; una posición así es peligrosa si no se maneja una
clara visión de los hechos psicológicos.
El idealismo, cualquiera que sea su forma, hace siempre lo mismo, antepone
la idea a la materia o la mente a la realidad.
No podemos negar que entre la
realidad objetiva y la subjetiva existen relaciones complejas que interactúan
entre sí, pero el principio de estas relaciones está siempre en la realidad
misma. La realidad es una sola, el que cada persona refleje dicha realidad de
manera subjetiva, no significa que la
realidad subjetiva reemplace a la
realidad objetiva. Pues negar la realidad es vivir fuera de esta.
Por ello la epistemología
idealista es inaceptable porque la noción de que la mente puede hacer concretas
realidades abstractas, y sustituir con el orden el caos primitivo, es
solipsismo. “El universo es el movimiento de la materia conforme a leyes, y
nuestro conocimiento, siendo el producto supremo de la naturaleza, solo puede
reflejar esas leyes” (Lenin, 1967, p. 131). En otras palabras, dentro de la epistemología materialista,
la realidad existe independientemente de la
conciencia, nosotros solo podemos
acercarnos a ella a través del conocimiento, pero nunca la realidad subjetiva
será objetiva, por eso es erróneo pensar que “no existe objeto sin
sujeto”.
La fenomenología humanista se
presenta como idealismo, y en
ese sentido adolece
del mismo defecto que el positivismo. Como dice Gould (1975): La fenomenología
conduce a una ontología similar a la del positivismo,
cuyas entidades fundamentales son
individuos abstractos. En esta forma, la fenomenología, así como el
positivismo, recapitula en su metodología y en su ontología las relaciones sociales
ratificadas en el capitalismo. Más aquí, lo fundamental es la subjetividad como
independiente, inmediata y aislada, mientras que lo fundamental en el
positivismo es la objetividad dada en la apariencia de las conexiones que a
manera de leyes existen entre las
entidades. Ambas opiniones
unilaterales reflejan la dicotomía de sujeto
y objeto que caracteriza la vida social capitalista. (Gould, 975, p.
130)
Ni la fenomenología ni el
positivismo, son una alternativa viable para mantener una epistemología científica
y humanista. Ambas posturas son radicales y unilaterales. El positivismo se
centra en el objeto y niega al
hombre como realidad psicológica. La fenomenología, más específicamente
humanista, se centra en el sujeto, pero niega la realidad social.
Ante esta disyuntiva el marxismo unifica
dialécticamente el sujeto
con el objeto, pero no
debemos colocarlos en el mismo
plano. Precisamente, consideramos que los métodos de Rogers son convenientes y perfectibles para el quehacer
psicológico. Pero la
epistemología que los
sustenta, es errada.
¿Cómo puede el
humanismo finalizar su discurso con una amplia misión para el hombre, si
comenzó con una visión estrecha de la
realidad? Ernst von Glasersfeld (2001) defensor del constructivismo, nos ofrece
un razonamiento aprovechable, al decir que la construcción de la realidad, no
es ontología, pues, no nos dice cómo es el mundo, solo sugiere una forma de
pensarlo. El qué es el mundo es una pregunta ontológica, el cómo conocerlo es
una pregunta metodológica. Lo primero se detiene en el objeto, lo segundo se
aboca al sujeto.
En el humanismo, el qué y el cómo son incoherentes y se
divorcian, en el marxismo ontología y método
son interdependientes y se complementan. El hombre construye su propia
realidad, tratando de alcanzar la única realidad. El sujeto pretende conocer el
objeto siendo objeto y sujeto a la vez. El humanismo
marxista, es sólido
y coherente, no concibe
al hombre como
un ser humano in abstractum, sino como un ser biopsicosocial concreto. La “bondad” no es una
manifestación humana per se, sino un producto cultural. El hombre es libre no
como ser humano sino como ser social. La humanidad se forja en
la sociedad: el verdadero
humanismo no está presente
en la historia del hombre como ideal de
libertad sino como praxis sociocultural. La actividad mediatizadora del hombre lo
arranca del ámbito natural y lo posiciona socialmente como ser humano. Por eso
antes que ser humano, el hombre es un ser social.
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* Bajado de:
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