viernes, 1 de septiembre de 2017

REVOLUCIÓN, PARTIDO, ESTADO, BUROCRACIA: EL EJEMPLO RUSO


REVOLUCIÓN, PARTIDO, ESTADO, BUROCRACIA: EL EJEMPLO RUSO
A modo de introducción
Guillermo Almeyra
Más que presentar los ensayos que forman este valioso y oportuno libro deseo subrayar algunos puntos fundamentales que nuestra época poco informada en lo fundamental tiende a ver sólo a la luz de lo sucedido posteriormente en la victoriosa Unión Soviética o teniendo en cuenta los actuales datos demográficos, culturales, económicos y las técnicas de información.
No me referiré por consiguiente a los importantes ensayos que integran esta obra los cuales hablan por sí mismos,  y en su pluralidad, salvo en algunos detalles, presentan una poderosa y unitaria versión coral.  
Recordemos: Rusia, coloso de pies de barro, con su zarismo, la Corte corrupta y despótica en la que reinara Rasputin hasta 1916 y el despotismo asiático de la dinastía de los Romanov, aparecía ante un mundo occidental conquistado por los ideales de la Revolución Francesa como una supervivencia del anacrónico absolutismo monárquico que ésta había combatido y los bolsheviks (o ala bolchevique de la socialdemocracia rusa) eran escasamente conocidos fuera de los reducidos ámbitos de las direcciones socialistas.
La revolución rusa de febrero fue por eso celebrada jubilosamente por socialistas, liberales y demócratas por igual mientras que la de octubre, para un mundo informado por las agencias Reuters (británica) y Havas (francesa) en guerra con Alemania, fue presentada como una maniobra del Kaiser contra los aliados. Sólo más tarde los trabajadores de todo el mundo empezaron a reconocerse en lo que hacían y decían los revolucionarios rusos dirigidos por Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) y Lev Davidovich Bronstein (Trotsky).
Algunas condiciones que favorecieron el estallido revolucionario
La revolución en la inmensa Rusia centralizada por el poder del Zar y de la Iglesia ortodoxa fue posible porque, pese a los intentos de reforma, como la de Stolypin, ese poder chocaba no sólo con los revolucionarios marxistas sino también con una naciente burguesía condenada por el régimen a ser socio menor del capitalismo anglo-francés, con una intelectualidad europeizada, con sectores liberales y democráticos de la nobleza[1]  y era resistido por las nacionalidades reprimidas y combatido por todas las tendencias socialistas, que influenciaban sectores obreros y estudiantiles. El zarismo era duro, brutal y capaz de infiltrarse en las organizaciones revolucionarias[2] pero escondía una gran fragilidad que se había revelado ya en 1905 y que la entrada de Rusia en la guerra de 1914-1918 agravó de golpe.
La enorme y dispersa base campesina del país, dispersa en miles de aldeas y dividida por nacionalidades, culturas y religiones, se convirtió en 1914 en una sola masa al ser enviada al ejército como carne de cañón y se encontró durante años en las trincheras con los intelectuales y obreros socialistas convertidos en suboficiales y oficiales. Esa doble educación –por un lado, sobre los horrores del capitalismo y, por otro, sobre la posibilidad de una alternativa socialista- hizo posible la alianza con los campesinos de un proletariado poco numeroso pero muy concentrado y esa unión, a su vez, cambió radicalmente la política agraria de Lenin y de los bolcheviques que pasaron a exigir tierra para los campesinos y paz y pan para todo el país logrando así inmensa popularidad
Otra particularidad rusa que hizo posible la revolución consistía en su reciente historia. La revolución de 1905, que formó parte de un ciclo de revoluciones democráticas[3] , había sido una especie de ensayo de la de 1917 y en ella habían nacido los soviets (consejos obreros) como instrumento de autoorganización de los obreros. Tras un duro período de reflujo político y de reacción desatada las masas rusas se reorganizaron y la agitación social y las huelgas con manifestaciones se sucedieron desde 1912 hasta la entrada en la guerra y sobre esa base reaparecieron los consejos obreros en 1917.
Por su parte, el partido bolchevique, que en 1905 se había opuesto a  los soviets porque veía en ellos una competencia con su organización, no sólo los reconoció entre la revolución de febrero  de 1917 y la de octubre sino que también incorporó a sus filas a Trotsky, presidente de los soviets en 1905, y a un grupo numeroso de amigos de éste.
La revolución democrática antizarista, por otro lado, al producirse durante una guerra de las grandes potencias capitalistas por el reparto de un mundo ya unificado por el capital, integró la lucha por las tareas democráticas –paz, tierra, democracia, libertad, eliminación de los privilegios de la nobleza y del clero e independencia de los pueblos oprimidos por el imperialismo ruso- con el combate por las tareas anticapitalistas (igualdad, fin de las discriminaciones de todo tipo, expropiación de los expropiadores mediante la eliminación de la propiedad privada de los instrumentos de producción, control obrero en la industria estatizada, instalación de un nuevo Estado obrero para empezar a construir el socialismo). De ahí la transformación ininterrumpida de la revolución democrática en revolución socialista y el carácter permanente de la revolución (que implicaba igualmente la extensión de la misma a algunos de los países más desarrollados).
Los soviets (consejos obreros) en 1905 y en 1917 eran un instrumento de todas las capas de los trabajadores pues eran pluralistas ya que estaban integrados por todas las tendencias existentes en el movimiento obrero desde los laboristas hasta los socialistas revolucionarios, los revolucionarios o reformistas marxistasy los anarquistas. La influencia de las diferentes organizaciones evolucionaba se medía cotidianamente en la acción directa de la clase obrera y determinaba los cambios en la dirección de los consejos.
Ese pluralismo caracterizó también al primer gobierno de los soviets dirigido por Lenin, Trotsky y los bolcheviques, e integrado por 14 bolcheviques, siete social-revolucionarios de izquierda, tres mencheviques y un menchevique internacionalista (Mártov) y sólo las vacilaciones ulteriores de los s-r y mencheviques hicieron que el Consejo de Comisarios del Pueblo (nombre de los ministros tomado de la Revolución Francesa propuesto por Trotsky) quedase formado únicamente por bolcheviques).
Otra peculiaridad rusa era la existencia de un partido revolucionario fuerte, probado y seleccionado durante decenios de duras luchas. Dicho partido unía la organización clandestina con el flexible y audaz aprovechamiento de cada espacio democrático por mínimo que fuese, como la participación en la elección para la Duma (el Parlamento) y libraba constantemente la batalla de las ideas con los libros teóricos y los ensayos y artículos de sus principales dirigentes y con la participación de los mismos en los congresos socialistas internacionales, a diferencia de lo que sucedió posteriormente en todas las revoluciones posteriores, como las fracasadas en Hungría y en Alemania en la inmediata postguerra o, más cerca de nosotros, en la boliviana de 1952, la cubana de 1959, la argelina de 1954, la sudyemenita en 1967-1990 o las revoluciones nacionalistas y antiimperialistas en Mozambique, Angola y Guinea Bissau[4].
Un partido revolucionario con una dirección revolucionaria
El  partido bolchevique tenía una vida intensa y en su seno coexistían diversas tendencias, que discutían públicamente sus respectivas posiciones. En el momento de la revolución era un partido de jóvenes- Lenin tenía 47 años, Trotsky, 38, Preobrajensky, 41, Zinoviev, 34 al igual que Kamenev- pero ellos tenían décadas de luchas y además la experiencia revolucionaria de 1905.
Lenin, como todos los marxistas de su época, consideraba que el partido, por importante que fuera para la lucha por la revolución,  era sin embargo sólo un instrumento transitorio en la lucha por la supresión de las clases en el socialismo, al igual que el Estado de nuevo tipo que había que construir sobre nuevas bases para empezar a superar el capitalismo.
Creador del partido, estaba lejos de ser fetichista respecto a una organización que consideraba al servicio de los trabajadores y que, si no cumplía su función, podía ser reemplazada por otra más adecuada. Política y moralmente estaba en las antípodas de esa hechura totalitaria inventada por Stalin y la burocracia soviética y cristalizada en el dogma “marxista-leninista” con su culto del Líder, su partido único y monolítico fusionado con el aparato estatal y con el nacionalismo estrecho de una casta conservadora y parasitaria que vive de los privilegios que arranca a la sociedad sobre una base nacional y que una revolución mundial pondría en peligro.
Como Trotsky y todos los revolucionarios rusos educados en el exilio europeo Lenin era un ferviente internacionalista y jamás pensó que la revolución rusa pudiese subsistir si no se producía una revolución en los países más industrializados, sobre todo en Alemania, que ayudase a superar el terrible atraso cultural y técnico ruso. Creía tan firmemente que la revolución rusa era sólo un peldaño en una lucha internacional permanente y que la tarea de los rusos era aguantar defendiendo la revolución hasta que otra u otras más importante tomasen el relevo que bailó y saltó de júbilo bajo la nieve del duro invierno moscovita cuando la recién nacida república soviética superó los dos meses y diez días (desde el 18 de marzo hasta el  28 de mayo de 1871) de duración de la Comuna de París.
Lenin, descendiente de rusos, alemanes, calmucos, judíos, era profundamente ruso por su cultura y su conocimiento del país (su primera obra importante a los 29 años -en 1899- fue un estudio de la realidad nacional titulado El desarrollo del capitalismo en Rusia), pero no se consideraba ni revolucionario ruso ni menos aún estadista ruso: por el contrario, se veía a sí mismo como un revolucionario internacionalista que luchaba en una parte del frente de la revolución mundial y, en lo inmediato, se oponía con toda su energía a la opresión del nacionalismo gran ruso sobre las nacionalidades asiáticas oprimidas por el Zar, después por Stalin y hoy por Putin que, como el zarismo y el stalinismo, se apoya sobre la visión imperialista gran rusa y sobre la Iglesia Ortodoxa rusa, que es profundamente chauvinista.
La burocratización del Partido y del Estado
El antiestatismo de Lenin desarrollado en El Estado y la Revolución, su última obra antes de octubre de 1917, chocó sin embargo con la realidad de un país devastado por la guerra mundial de 1914-18 y la guerra civil que duró hasta 1923. Rusia , en efecto, tenía antes del conflicto bélico casi 126 millones de habitantes pero perdió en él 3 500 000 habitantes y otros 7 millones en la terrible guerra civil que comenzó poco después de la incruenta toma del poder. En 1923, después de esa sangría, el país estaba además en ruinas: con respecto a 1913, el año anterior a la guerra mundial, la tierra cultivada equivalía a 62 por ciento de la antes productiva, la cosecha era 40 por ciento menor, sólo quedaban vivos 16 millones de caballos de los 35 millones anteriores y 37 millones de vacas sobre 58 millones antes de la guerra. Los ferrocarriles, esenciales para las largas extensiones rusas, estaban destruidos y la clase obrera estaba prácticamente aniquilada (contaba con poco más de un millón de trabajadores industriales sobre los tres millones anteriores) o, como comprobaba Lenin mismo, se había desclasado pues  había sido la columna vertebral del Ejército Rojo sufriendo enormes bajas mientras los sobrevivientes se convertían en cuadros militares o estatales. Por último, para hacer frente a la reconstrucción y a sus gastos el naciente Estado obrero y campesino debía emitir sin respaldo un 98 por ciento de su moneda y una inmensa hambruna arrasaba Ucrania.
El partido había sufrido daños similares y aún mayores. La pequeña cohorte de militantes bolcheviques[5], formada en la vida clandestina, el internacionalismo activo, la discusión y la elaboración teórica fue diezmada por la guerra mundial y la guerra civil. Muchos de sus miembros principales se convirtieron en militares y los nuevos miembros o eran jóvenes obreros sin preparación cultural o soldados campesinos y suboficiales acostumbrados a mandar o, incluso, oportunistas que se arrimaban al poder.
Los sobrevivientes de la preguerra que habían hecho la revolución quedaron en minoría en ese mar de militantes que jamás habían salido de Rusia ni habían participado en las grandes polémicas entre mencheviques y bolcheviques y en el seno de los bolcheviques mismos. La mayoría del  Partido, como la clase obrera y toda la población rusa, después de los esfuerzos realizados y de los terribles sacrificios realizados quería gozar la paz tan duramente conquistada. La incultura y la barbarie de los mujiks rusos y la grosería brutal de la vida cuartelera entraron a formar parte de las costumbres cotidianas en el mismo Partido.
Al mismo tiempo, al conquistar el poder estatal, el partido fue absorbido por el aparato del Estado, al cual quiso controlar pero que terminó imponiéndole su forma de funcionamiento a pesar de los esfuerzos –sobre todo de Trotksy- por innovar, quitándole poder a la Iglesia ortodoxa, eliminando grados y jerarquías en las fuerzas armadas y convirtiendo a los omnipotentes ministros en Comisarios del Pueblo, entre otras medidas democratizadoras.
La difusión del analfabetismo[6], la destrucción de las bases materiales de la economía y el escaso desarrollo industrial impidieron pues la socialización de los medios de producción que, estatizados, dieron base a lo que Lenin calificó de Capitalismo de Estado con fuertes deformaciones burocráticas.
Hay una base económica y tecnológica para el desarrollo de la burocracia en la Unión Soviética muerto ya Lenin y bajo la dirección de Stalin. La escasez, en efecto, exige alguien que racione los bienes y controle su distribución (sirviéndose siempre y antes de los demás, por supuesto). Pero esa burocracia no se habrá extendido al poder soviético y al partido si éste no hubiese suspendido transitoriamente la existencia pública de las fracciones internas que siempre habían existido, si la clase exhausta hubiese podido mantener el poder de los soviets como control sobre el partido y sobre el Estado y si el cansancio de las masas no se hubiese transmitido al partido bajo la forma de una burocracia incontrolada, conservadora y despótica que en pocos años elevó a Stalin como su representante.
Partido único y sin vida democrática interna, fusión entre partido y Estado aún capitalista aunque sin representantes de la burguesía, formas de vida, costumbres, cultura  burguesa atrasada en la burocracia, imitación del capitalismo monopólico de los países más industrializados para tratar de superarlos, regionalismo y nacionalismo, fueron las condiciones esenciales para el desarrollo de la burocratización soviética, que comenzó con Lenin cuando éste combatía una batalla contra la enfermedad que le impedía intervenir como quería en los asuntos del partido y del Estado.
Los requisitos para combatir contra el poder y hacer frente armas en mano a múltiples y numerosos enemigos no son siempre iguales que los necesarios para escuchar a los trabajadores y a las bases del partido, intervenir paciente y didácticamente, convencer y aprender en la construcción del socialismo. Muchos líderes campesinos eran caudillos y, en la guerra civil, muchos militantes obreros se acostumbraron mandar y ser obedecidos pues eso impone la necesidad de ser eficaces frente a un adversario superior en medios y en experiencia.
Vencida la reacción, la administración de empresas complejas, de enteras ramas económicas y de las diversas instituciones estatales requería conocimientos nuevos y una preparación técnica especial que pocos revolucionarios tenían. Era frecuente, por lo tanto, que éstos se informasen preguntando cómo se hacían anteriormente las cosas a quienes las habían hecho antes bajo el zarismo (más de dos tercios del personal técnico del nuevo Estado habían servido al viejo, incluso en el ejército, lleno de ex oficiales zaristas) o cómo trabajaban empresas del mismo tipo o los servicios estatales en los países capitalistas más industrializados. Como decía Lenin y como había sucedido en la antigüedad en China con todos los conquistadores bárbaros - tibetanos, mongoles, manchúes- los burgueses vencidos en Rusia imponían su cultura superior a los vencedores.
Lo único que habría permitido acortar este forzoso aprendizaje, formar nuevos cuadros revolucionarios superiores a sus antecesores y controlar y depurar constantemente, sobre la marcha misma, a los aparatos del partido y del Estado, era precisamente lo que había impulsado poderosamente a hacer la revolución pero no existía ya en el momento de la construcción del socialismo: una esperanza en el triunfo de la revolución en los países más industrializados de Europa, un fuerte apoyo internacional.
Rusia, destruida y agotada, dependía de sí misma para la superación de su atraso, de la hambruna, de la miseria generalizada. Eso acentuaba el cansancio de las masas, su nacionalismo atrasado e influía en la burocratización del partido la cual, a su vez, interactuaba con las masas retirándolas de la participación, paralizando su control y sus iniciativas. Si Lenin hubiese sobrevivido habría retrasado por un tiempo el triunfo de la burocracia expulsando a Stalin de su puesto de secretario general que le permitía fomentarla y organizarla pero no habría podido impedir el proceso objetivo de burocratización. Probablemente, como dijo Nadezhda Krupskaia, su compañera de lucha, al pasar a la oposición, Lenin habría terminado asesinado o encarcelado, como sus compañeros y discípulos que hicieron la revolución de Octubre.
Por eso, consciente de la fuerza de un proceso objetivo desfavorable, Lenin esperaba ardientemente que el poder soviético en construcción y ya burocratizado pudiese nadar contracorriente frenando la degeneración burocrática con una audaz utilización del factor subjetivo o sea, mediante una depuración del partido mediante una acción unitaria del grupo dirigente reformado. Esa esperanza idealista no pudo concretarse porque Trotsky vaciló y sobrepuso la defensa de su imagen[7] al pedido de Lenin de acabar con Stalin y éste tuvo tiempo para capear el temporal y afirmarse en el aparato apenas murió Lenin.
Todo lo que nace, muere, incluso los procesos revolucionarios. Pero lo que sucedió en Rusia debe ser tomado como lo hizo Lenin cuando el gobierno revolucionario superó la corta e intensa vida de la Comuna de París. “El camino de la victoria está empedrado de derrotas” dijo Rosa Luxemburgo.
De los errores de los jacobinos franceses aprendieron los heroicos comuneros que “asaltaron el Cielo” y también la falange de bolcheviques aniquilada por el terror de Estado stalinista. De la experiencia de la Revolución Rusa aprenderán las nuevas generaciones revolucionarias de otros países si el capital financiero no destruye la civilización actual y las clases existentes con una guerra mundial atómica o con un desastre ecológico terrible.
 Para salir de la barbarie en la que el capitalismo ha hundido ya al mundo, habrá que retomar y terminar la obra iniciada por Lenin, Trotsky y sus compañeros de destino.
Marsella, 31 de agosto de 2017












[1] Lenin pertenecía a una familia de la pequeña nobleza y el príncipe Kropotkin o Bakunin, anarquistas, eran nobles.
[2] El jefe de la organización terrorista de los social-revolucionarios, que había organizado atentados contra los zares y sus ministros y el diputado bolchevique en la Duma y exsecretario del sindicato de metalúrgicos, el obrero Roman Malinovski, entre otros muchos, eran agentes de la Ojrana, la policía zarista.
[3] La revolución democrática china de 1910, la persa y la mexicana del mismo año.
[4] Quizás con la excepción parcial de los partidos yugoslavo y chino, cuya temprana stalinización afectó sin embargo duramente la circulación interna de ideas, la vida democrática y la elaboración teórica sobre los problemas nacionales.
[5] 10  mil en 1910, sólo cinco mil en 1916, según el muy interesante artículo de Pierre Broué Rusia 1917.El Partido Bolchevique en el folleto uruguayo Socialismo Internacional, 03/10/2010.
[6] Generalizado en la mayoría campesina y prácticamente total en las minorías étnicas muchas de las cuales no tenían lengua escrita y detestaban la lengua rusa impuesta por los opresores zaristas. 
[7] “Me horrorizaba la idea de que el partido pudiese pensar que me oponía a Stalin por ambición personal”, explica Trotsky para justificar su conciliación con Stalin en ese decisivo momento.   

domingo, 27 de agosto de 2017

Con la reforma educativa todos pierden, afirman especialistas

                                                                               La Jornada
Sociedad y Justicia

La propuesta no reconoce la resistencia magisterial, indican en un encuentro
Con la reforma educativa todos pierden, afirman especialistas
Deja fuera el analfabetismo y el rezago
Se busca acotar al maestro como líder social, señalan

Este sexenio se caracteriza porque todos pierden en materia educativa. Al final, el gobierno federal no logró lo que se proponía, pero también perdieron el magisterio nacional, los académicos y la sociedad, ya que hubo una regresión en el sector, afirmaron investigadores y especialistas.
Reunidos en el Encuentro Nacional por Niveles y Modalidades Educativas, convocado por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), destacaron que tanto en la reforma como en el nuevo modelo educativo nos enfrentamos a una propuesta que no reconoce la resistencia magisterial a su implementación, y al menos en sus documentos rectores habla de un escenario educativo sin tensiones ni conflictos, que no corresponde con la realidad.
Hugo Casanova, investigador y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), destacó que la reforma que se pretende implementar, y que dejó hasta la última etapa del sexenio la presentación de algunos contenidos pedagógicos, deja fuera dos de los más grandes desafíos educativos en México: el analfabetismo, en el que se encuentran más de 5 millones de personas, y el rezago educativo, que afecta a 32 millones de mexicanos que no han concluido su educación básica.
En un análisis de los documentos rectores del nuevo modelo educativo, elaborados por la Secretaría de Educación Pública (SEP), detalló que no sólo se trata de textos con faltas ortográficas y de redacción, que al distribuirse a todos los maestros y padres de familia, se repetirán por millones, sino de instrucciones, propuestas y planes para quitar toda atribución al maestro de ser un verdadero formador, que además prácticamente no menciona el libro ni las bibliotecas.
Juan Manuel Rendón, profesor y ex director de la Benemérita Escuela Normal de Maestros, advirtió también que no sólo se busca la reducción de los aprendizajes que se pueden generar en el aula a un concepto de competencias, también se busca una esterilización del maestro como un líder social, un agente de cambio que debe tener entre sus competencias la aplicación crítica de los planes y programas de estudio, pero incluso esta atribución ha sido eliminada en el nuevo modelo educativo.
Destacó que el plan de modelo formativo dado a conocer por la SEP está diseñado claramente con una propuesta ideológica de ciudadanía del siglo XXI en el que los alumnos son clientes de los servicios educativos, y el fin último es tener ciudadanos que acepten y se adaptan a la permanente incertidumbre y explotación del sistema neoliberal.
Por su parte, Enrique Ávila, profesor e historiador, calificó la instrumentación de la reforma y el nuevo modelo educativo como la historia de una infamia, con la que se buscó destruir no sólo las conquistas laborales de los docentes, sino imponer conceptos, como el de calidad, que nada tienen que ver con la pedagogía. Se trata de una propuesta del mundo de los negocios y de la producción en serie.
La imposición de exámenes estandarizados para determinar el ingreso, promoción y permanencia de docentes, pero también para medir el aprendizaje alcanzando por los alumnos, ha tenido un fracaso estrepitoso, aunque sí ha presentado un enorme éxito económico para organismos como el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior, sin que esto genere en las aulas ninguna mejora.

martes, 15 de agosto de 2017

Científicos en pie de lucha en las naciones emergentes



                                                                                         La Jornada  

  Opinión
Martes 15 de agosto de 2017
Científicos en pie de lucha en las naciones emergentes
Javier Flores


Hace algunos años fue muy celebrado un grupo de potencias emergentes conocido como BRIC (acrónimo de Brasil, Rusia, India y China). Un elemento común a todas ellas, y que en mi opinión explicaba su éxito, era la inversión que realizaban en ciencia y tecnología, la cual era superior al uno por ciento de su producto interno bruto (PIB). Pero en el siglo XXI la situación ha cambiado mucho en algunas de estas naciones, como ocurre hoy en India y Brasil, donde las comunidades científicas tienen que movilizarse en busca de retomar el camino de crecimiento científico que sus gobiernos han decidido sacrificar.
India ha sido la cuna de grandes científicos, como Chandrashekhara Venkata Raman, quien obtuvo el Premio Nobel de Física en 1930 por sus trabajos sobre la dispersión molecular de la luz; en 1995, el físico y matemático Subrahmanyan Chandrasekhar obtuvo también ese galardón por sus estudios teóricos de los procesos físicos en la formación y evolución de las estrellas, y en 1968, Har Gobind Khorana obtuvo el Nobel en fisiología y medicina por sus estudios sobre la interpretación del código genético y la síntesis de proteínas. Pero hoy esa nación, que ha dado lugar a esas y otras glorias científicas, pasa por una crisis que ha llevado a la comunidad científica de esa nación a lanzarse a las calles en protesta por la escasa atención que sus gobernantes brindan a las tareas científicas y tecnológicas.
En una nota publicada en Nature el pasado 9 de agosto, TV Padma describe cómo miles de científicos, estudiantes universitarios y entusiastas de la ciencia salieron a las calles ese día en decenas de ciudades para marchar en apoyo de la ciencia, protestando por los bajos niveles de financiamiento para la investigación y quejándose por la promoción gubernamental de ideas no científicas. En las manifestaciones algunos prestigiados investigadores no pudieron participar por una prohibición gubernamental directa a que lo hicieran.
La manifestación, que llega cuatro meses después de la Marcha Mundial por la Ciencia, pone el énfasis en que a pesar de las promesas de los diferentes gobiernos de incrementar la inversión a 2 por ciento del PIB, esto no ha ocurrido, pues el financiamiento no ha variado significativamente de 0.9 por ciento en la década pasada.
Por otra parte, y aunque el contexto es muy diferente, en Brasil, las posturas de la comunidad científica se han radicalizado. En marzo de este año, el gobierno encabezado por Michel Temer anunció un nuevo recorte de 44 por ciento en el presupuesto propuesto para la ciencia, llevándolo al nivel más bajo en 12 años. Aunque los ajustes afectaron a casi todos los ministerios federales, la reducción del gasto en ciencia fue particularmente fuerte, porque ya había sido recortado cada año desde 2013,
escribe Anna Petherick en una nota publicada el jueves pasado en la sección de noticias de la revista Nature. La autora añade que esto ya ha comenzado a provocar el éxodo de investigadores y estudiantes de ciencia hacia otras naciones en busca de mejores oportunidades.
Los medios brasileños han dado cuenta recientemente de cómo la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC), que es la mayor organización de la comunidad científica en ese país, con más de 6 mil miembros y 100 sociedades científicas asociadas, emitió una resolución que fue enviada hace pocos días a los presidentes de las cámaras de diputados y senadores, así como a representantes de todos los partidos políticos brasileños, en la que se pronuncian abiertamente por la realización de elecciones anticipadas.
Brasil está inmerso en una grave crisis política y económica. El gobierno actual ha implementado un programa para retirar derechos del pueblo brasileño y ha conducido a la ciencia nacional al peor presupuesto de las décadas recientes, dice la misiva dirigida también a todos los parlamentarios del Congreso Nacional.
Los científicos brasileños recuerdan al gobierno de Temer que su llegada a la presidencia y las políticas que ha impuesto no corresponden con un procedimiento democrático: Las medidas adoptadas van en la dirección contraria a la opinión expresada en las urnas por la población brasileña y no pasaron por el tamiz popular, además de que son fuertemente rechazadas por la sociedad, dicen en su carta, en la que subrayan el alto índice de rechazo a propuestas como la Enmienda Constitucional 95, que congela las inversiones en las áreas sociales, incluidas ciencia y tecnología, para los próximos 20 años.
Las recientes denuncias de la Procuraduría General de la República sobre actos de corrupción que involucran al presidente y algunos miembros de su equipo dejan evidente que el actual gobierno no tiene condiciones de conducir reformas y medidas tan impactantes para la vida de la población, dicen los académicos que concluyen su misiva diciendo: En función de esto y de la histórica participación de la SBPC en momentos cruciales para la democracia brasileña, nos posicionamos en defensa de las elecciones directas.
Lo que ocurre en India y Brasil es un mensaje para todo el mundo en desarrollo sobre la fragilidad del progreso económico en ausencia de un proyecto que incluya el desarrollo científico y tecnológico de largo plazo, así como sobre el creciente papel de los científicos en la lucha contra los gobiernos con políticas regresivas en este sector.














jueves, 10 de agosto de 2017

Mi devenir en el proceso revolucionario: Manuel Aguilar Mora

Mi devenir en el proceso revolucionario

Manuel Aguilar Mora
El presente texto es una versión corregida y aumentada de mi participación en la mesa "Pensamiento Crítico" junto a Enrique Dussel, Gabriel Vargas Lozano y David Pavón-Cuellar dentro del Coloquio sobre "La izquierda mexicana del siglo XX. Trazos y perspectivas", en el Centro Cultural Bella Época de la ciudad de México el 9 de septiembre de 2015. 
En estos tiempos en que el colapso de las izquierdas tradicionales al nivel mundial es evidente y en el que las amenazas contra el bienestar y la seguridad de los pueblos nos han arrojado a la barbarie, el dilema ya no es el clásico de socialismo o barbarie, sino de socialismo o muerte, pues la devastación destructiva de la marcha actual de la barbarie nos está llevando al precipicio de catástrofes humanas y del medio ambiente colosales. 
La necesidad de la forja de otro mundo posible es ya una idea firmemente aceptada en los medios izquierdistas, pero las ideas que se derivan de ello no lo son tanto. Para lograr ese otro mundo posible también es necesaria otra izquierda y un programa verdaderamente radical, anticapitalista pues la raíz del desastre universal actual es precisamente el sistema capitalista-imperialista. Es así que no es gratuito hablar sobre experiencias socialistas marginales que desde hace décadas han sido críticas de las izquierdas tradicionales y han intentado poner en práctica otros caminos. También la izquierda tiene su izquierda: la izquierda revolucionaria. No podría faltar en un coloquio sobre la izquierda mexicana en el siglo XX un testimonio sobre este proceso que ha representado la vertiente trotskista de la extrema izquierda en la historia general de la izquierda en México.
Mi experiencia en ese girón del trotskismo de la izquierda revolucionaria en México arranca de los años 1958-59, años en que en este país, como en toda América Latina se inició la larga década de los años 60's que tuvo su estrepitoso inicio continental con la victoria de la Revolución cubana a fines de 1958 y principios de 1959 y aquí, exactamente al mismo tiempo, en forma dramática con la insurgencia sindical ferrocarrilera que culminó con la terrible represión militar de los valientes trabajadores ferrocarrileros encabezados por Demetrio Vallejo. Como estudiante recién ingresado en elcampus de Ciudad Universitaria de San Ángel, igualmente recientemente inaugurado, fui protagonista de la experiencia de radicalización de una generación de jóvenes impactados por la poderosa influencia de esos acontecimientos, una experiencia que iba a marcar los estruendosos años sesenta aquí y en el mundo entero. Nunca olvidaré mi primera participación en un evento académico-político en enero de 1959 cuando asistí a los primeros Cursos de Invierno con los cuales Pablo González Casanova, director de la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, inauguraba el plantel de la misma en el campus de San Ángel y en donde participó la crema y nata de la intelectualidad progresista del país (Carlos Fuentes, José González Pedrero, Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Luis Villoro, José Luis Martínez y hasta Alfonso Reyes cuya participación, por cierto, fue su última presentación pública pues murió semanas después). Pero el plato fuerte de esas inolvidables conferencias fue la presentación de un barbudo recién venido de La Habana, Pedro Miret, quien puso la cereza final a unas jornadas en que la Revolución cubana fue el centro indiscutible de las discusiones y la atención de todos los participantes.
Las corrientes de la nueva izquierda que fueron surgiendo y fortaleciéndose durante esos años iban a realizar sus acciones partiendo de las concepciones existentes en el mundo de la izquierda de entonces, confrontándolas con su experiencia y sacando sus propias conclusiones. La influencia del ejemplo y la audacia de la dirección de Fidel Castro en Cuba fue determinante. Muchos de nosotros éramos ante todo “castristas”, o mejor “fidelistas” como se decía en esos años. Las excursiones de entrenamiento protoguerrillero en el Ajusco se hicieron muy frecuentes entre jóvenes, principalmente estudiantes, pero también de trabajadores. Obviamente ese ejemplo cuajaría primeramente no en el asfalto de la gran urbe sino en el gigantesco hinterland del campo mexicano tan fértil tradicionalmente en experiencias guerrilleras.
Precisamente en estos días se conmemora el cincuentenario de la primera gesta revolucionaria en México directamente influida por la hazaña cubana, la del grupo lidereado por Arturo Gamis que intentó iniciar una insurrección armada y fue brutalmente masacrado en la población de Madera en el estado de Chihuahua. El grupo de Gamiz había surgido de la organización juvenil vinculada al Partido Popular, la organización más importante de izquierda en los años cincuenta que precisamente iniciaba entonces su precipitada decadencia a pesar de que en 1961 había agregado a su nombre el apellido de “Socialista”, convirtiéndose en el Partido Popular Socialista (PPS), cambio de nombre que no significó ni mucho menos un cambio de política. Al contrario, su líder indiscutible Vicente Lombardo Toledano profundizó hasta la ignominia su trayectoria de oportunismo y de servil conciliacionismo con el gobierno priista que culminó después de la noche de Tlatelolco con un artículo, el último escrito antes de su muerte en noviembre de 1968, en el cual justificaba su apoyo a la política del presidente Díaz Ordaz con respecto al movimiento estudiantil-popular.
Como mencioné antes, desde los hechos acaecidos en 1958-59, muy pronto se hicieron sentir los primeros brotes de esa nueva izquierda que iba a cambiar el panorama de las acciones revolucionarias en los años sesenta. Precisamente en esos años, también en la juventud ligada al Partido Popular, surgió el primer grupo de jóvenes que fundaron el Partido Obrero Revolucionario (POR) al cual agregaron el apellido de “trotskista” para señalar muy tajantemente su filiación. Dos años después en 1960-61 iba a surgir otro grupo de jóvenes, en esta ocasión de estudiantes de la UNAM entre los que yo me encontraba, que sembraron la semilla de otro grupo trotskista la Liga Obrera Marxista (LOM), directo antecedente de lo que sería en los años setenta y ochenta el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).
Entre estos jóvenes la urgencia revolucionaria que se expandía por todos los sectores más avanzados y de vanguardia pronto surgieron militantes comprometidos hasta el fondo en su lucha. Fue en Guatemala en donde con naturalidad desplegaron de inmediato este aspecto clave de la vocación revolucionaria: el internacionalismo en la acción. En 1961 encabezado por un oficial del ejército guatemalteco, Yon Sosa, surgió un destacamento militar que se insurreccionó contra la dictadura guatemalteca que había permitido que la CIA organizara en su territorio a los mercenarios que en abril de ese año invadieron y fueron estrepitosamente derrotados en Cuba por los milicianos. Conocido como Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre, las acciones de vanguardia de esta guerrilla que adoptó una clara posición socialista, atrajeron a un grupo de trotskistas del POR(t) que pronto se adhirió a la lucha de los camaradas guatemaltecos, compartiendo hasta con ellos su destino. Del grupo de mexicanos y mexicanas que lucharon con los militantes del país vecino dos de ellos cayeron con otros mártires guatemaltecos. Fue la pareja de David Aguilar Mora y su esposa Eunice Campirán, asesinados en una de las primeras y más terribles masacres de Guatemala en 1966.
De esta manera se reinició la trayectoria de una vertiente de la extrema izquierda cuya presencia en el quehacer político de México durante los años cuarenta y cincuenta había sido tan errática que a veces parecía prácticamente inexistente. Un hecho que revelaba una contradicción evidente en la izquierda mexicana. ¿Cómo era posible que en el país en donde pasó sus últimos años León Trotsky, la corriente trotskista prácticamente había desaparecido después de su asesinato?
Precisamente el mismo asesinato de Trotsky explicaba dicha contradicción flagrante. México era al mismo tiempo el país cuyo gobierno del presidente Lázaro Cárdenas había sido el único que había abierto amistosamente sus puertas para darle refugio a Trotsky, el exiliado más famoso del planeta, perseguido con saña por el poderoso dictador soviético, José Stalin. Pero Cárdenas se había sobrepuesto a una importante oposición de seguidores mexicanos de Stalin, empezando por el hombre fuerte más poderoso del momento después del presidente, Vicente Lombardo Toledano entonces jefe de la influyente Confederación de Trabajadores de México (CTM), quien se convirtió en el autor intelectual principal de la campaña estalinista contra Trotsky, primero por su expulsión del país y después por su liquidación física. El poderoso brazo de la represión estalinista se impuso y alcanzó a llegar a Coyoacán y culminó con el célebre pioletazo de la historia criminal del siglo XX en agosto de 1940.
Para que Stalin haya logrado su objetivo de liquidar físicamente en México a quien era su principal opositor en el movimiento comunista mundial a pesar de la protección y de la autoridad de un presidente tan popular y querido como Cárdenas (quien, por cierto, condenó tajante y públicamente el asesinato y acusó de “traidores a la patria” a todos los cómplices mexicanos del asesino), era necesario que hubiera un cierto espacio social y político favorable en la sociedad civil mexicana al estalinismo. Y en efecto el estalinismo era muy poderoso en lo que era la izquierda mexicana en ese momento: en el movimiento sindical con la hegemonía que ejercía el lombardismo y al nivel partidario el Partido Comunista Mexicano (PCM) por completo bajo el control de sus dirigentes estalinistas reunía a la abrumadora mayoría de los militantes políticos de izquierda. De hecho, como se demostraría muy pronto con el estallido de la guerra entre la Alemania nazi y la URSS gobernada por Stalin, la influencia del estalinismo se expandió en la mayoría de los países del mundo, convirtiéndose en muchos de ellos después de la heroica victoria del Ejército Rojo sobre las bandas hitlerianas, en la corriente dominante en la izquierda.
Una situación que en México era evidente para los observadores y los testigos que venían del exterior, como sucedió a muchos refugiados europeos. Por ejemplo, el testimonio de un exiliado muy sensible y conocedor de estas influencias como era el poeta surrealista francés Benjamin Péret es significativo al respecto. En una carta escrita a un amigo después de su reciente llegada a México en 1942, Péret desolado le decía: “Aquí estoy todavía un poco desorientado, sin saber muy bien cómo arreglármelas y sin un centavo. Lo peor es que, según la opinión general, no hay gran cosa que esperar aquí, materialmente hablando, a no ser de que uno sea estalinista, lo cual no es mi caso.” (Fabienne Bradu,Benjamin Péret y México, FCE, 2014, pag.27).
Y estas influencias llegaban no sólo a los medios sindicales y gubernamentales más directamente relacionados con los quehaceres políticos, sino que alcanzaban los medios artísticos y profesionales más selectos. Luis Buñuel el célebre cineasta aragonés refugiado en México le decía a otro refugiado español, el escritor Max Aub, en una de las entrevistas que éste le hizo: “Yo soy partidario de las dictaduras. Digan lo que digan, como el hombre es malo –dejando aparte que pueda tener de cuando en cuando arranques muy estimables--, me parece que la dictadura es la única manera de poder gobernar. Por eso fui estalinista y sigo siéndolo, para gran escándalo de todos mis amigos comunistas [...] Yo creo que Stalin no tenía más remedio que haber gobernado como lo hizo, cayera quien cayera, porque tenía que defenderse de cien mil trampas y emboscada y traiciones”. (Max Aub, Conversaciones con Buñuel, seguidas de 45 entrevistas con familiares, amigos y colaboradores del cineasta aragonés, Madrid, Aguilar, 1985, pag.86).
Las más de cuatro décadas de la “guerra fría” generaron y al mismo tiempo estabilizaron un statu quo mundial en que el antagonismo y protagonismo de los dos bloques surgidos de la Segunda Guerra Mundial congelaron la lucha de clases, alimentándose mutuamente: en el primer bloque al imperialismo de Estados Unidos le convenía mostrar el dominio dictatorial de la burocracia soviética como la imagen misma del socialismo realmente existente y justificar así su curso de armamentismo permanente en lo que su ideología anticomunista llamaba su combate contra el “totalitarismo soviético” y por otras parte los burócratas estalinistas y post-estalinistas ejercían su dictadura bajo el pretexto de la defensa de las amenazas externas imperialistas al bloque soviético.
Fueron décadas en que las luchas de liberación de los pueblos eran atacadas y calumniadas como campañas de subversión comunista emanadas y auspiciadas desde Moscú y en el otro campo las exigencias democráticas y las luchas por la implantación de un socialismo con “rostro humano” de los pueblos sometidos a los dictados de la burocracia soviética las reprimían y aplastaban, incluso con tanques, como movimientos procapitalistas.
En tales circunstancias no quedaba espacio o era muy reducido para alternativas que se erigieran por arriba y se confrontaran al mismo tiempo a Wall Street y al Kremlin. Ese fue el papel del movimiento trotskista que después del asesinato de su fundador fue aun más arrinconado políticamente. En México muy eso fue muy notorio y condujo a una situación que se tradujo en la extrema debilidad de los grupos trotskistas autóctonos.

En los años sesentas, la erupción de rebeldía e indignación que se levantó masiva e internacionalmente contra la guerra imperialista en Vietnam fue el primer momento en que el mundo congelado de la “guerra fría” inició un primer deshielo. Se produjo por tanto la liberación de corrientes de izquierda heterodoxa, en especial en la juventud estudiantil, convertida ya en un sector masivo con importancia política creciente. La lucha de estos jóvenes, que comenzaron a influir a sectores de trabajadores también jóvenes, marcó con su impacto a los dos bloques de la “guerra fría” en jornadas memorables de la historia del siglo XX. Fue particularmente en el año insignia de la década, 1968 cuando se extendió mundialmente una oleada de rebeliones libertarias contra los sistemas establecidos que en Francia, Estados Unidos, Brasil, Checoeslovaquia, Japón y por supuesto México se manifestó con más fuerza.

En México el movimiento estudiantil-popular fue la fuente de una renovación sustancial de la situación de la izquierda. Una consecuencia de ello fue el crecimiento de los grupos trotskistas surgidos diez años antes cuya trayectoria, con altas y bajas, convergencias y divergencias de las diversas interpretaciones prevalecientes en ellos, tuvieron un primer importante resultado en la unificación de varios de ellos en lo que en 1976 surgió como el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el primer partido trotskista habido en México en cuya fundación y dirección participé durante veinte años.
Ya en la década de los años cincuenta había sucedido un hecho que provocaría el inicio del deshielo del monolito que era el domino estalinista en la izquierda mundial. Fueron las denuncias que la propia dirección soviética hizo en 1956 de los crímenes de Stalin las que impulsaron un proceso de crítica y autocrítica que tardó en germinar pero que finalmente tuvo grandes consecuencias. Pero fue en la década siguiente, en los sesentas cuando se dieron las condiciones para iniciar la superación de la tradicional política de la izquierda. Por ejemplo, la estrategia de la revolución por etapas que planteaba que en México prevalecía una situación en la que se necesitaba forjar un frente nacional que incluyera a los sectores nacionalistas de la burguesía para lograr avanzar en la lucha antiimperialista, acabó siendo la justificación para el apoyo del régimen del partido oficial por parte del PPS y del PCM en los años cuarenta y cincuenta. En 1958-59 esta política recibió un gran golpe pero fue hasta 1968 que en la izquierda se llegó a un punto de crisis que planteó la necesidad de una completa reestructuración estratégica.
No todos los protagonistas afectados pasaron la prueba. El PPS, como dijimos, llevo su seguidismo y conciliación hasta el fin apoyando abiertamente el curso represivo del gobierno de Díaz Ordaz. El PCM inició un giro como una oposición que exigía la democratización del régimen. Pronto las reformas electorales que se iniciaron en 1977 fueron suficientes para que cierta izquierda se insertara en el aparato electoral puesto en pie por el régimen priista. La crisis electoral de 1988 tuvo consecuencias importantes en el campo de la izquierda. El núcleo dirigente escindido del PRI encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, atrajo a la mayoría de una izquierda que finalmente no había logrado superar la concepción de la revolución democrática por etapas. El PCM transformado primero en PSUM y después en PMS, grupos maoístas, sectores provenientes de experiencias guerrilleras e incluso grupos de origen trotskista se agruparon alrededor de la fracción escindida del PRI y así surgió el Partido de la Revolución Democrática (PRD) que dominó durante casi tres décadas el terreno de una izquierda sistémica hasta su colapso político fatal ocurrido durante los acontecimientos de la noche de Iguala de septiembre del año pasado.
Fue en el espacio abierto a partir de los años sesenta que se insertó la acción y el programa socialista revolucionario del PRT. Reivindicando un programa de independencia absoluta de los trabajadores y sus aliados del Estado de la burguesía y de sus partidos, llamaba a la lucha por una revolución socialista en México como la alternativa necesaria y única capaz de lograr la independencia y la soberanía nacionales en un proceso de revolución permanente. Sólo la lucha de los trabajadores oprimidos y sus aliados populares por la emancipación social y la liberación nacional llevarían a buen término todas las tareas no cumplidas de la revolución de 1910, que terminó siendo dirigida por los sectores de la burguesía antiporfiriana encabezada sucesivamente por Madero, después por Carranza y finalmente por Obregón y Calles que vencieron a las corrientes plebeyas más radicales representadas por el magonismo y ante todo por las fuerzas de trabajadores de la ciudad y el campo dirigidas por Zapata y Villa. El imperio del PRI fue el heredero institucional perfecto de las direcciones burguesas vencedoras en la revolución mexicana. Ante esta situación sólo la reivindicación de una alternativa radical, independiente, libertaria y clasista, o sea, la de otra revolución, la socialista podía proyectar realistamente un nuevo orden social y político en México.
Las polémicas arreciaban. En el propio PCM surgieron corrientes que cuestionaban un curso que se mantenía dentro de los cauces de una política conciliadora que no superaba el etapismo y la concepción de los frentes populares de la alianza de clases entre los trabajadores y los sectores “nacionalistas” burgueses. El más destacado crítico surgido de las propias filas del PCM. José Revueltas se transformó en un incisivo e intransigente crítico del estalinismo. Con él trabamos una amistad política enriquecedora e inolvidable que se tradujo en una estrecha colaboración durante los días vertiginosos de 1968. Su encarcelamiento no rompió nuestras relaciones políticas y aunque éstas se enfriaron bastante cuando salió en libertad estamos seguros que, a no ser por su muerte en abril de 1976, hubiera cantado con nosotros La Internacional en la sesión inaugural del PRT en septiembre del mismo año pues mantuvo hasta el final relaciones amistosas con nosotros.
El PRT durante sus dos primeras décadas emprendió con su base predominantemente de jóvenes un esfuerzo enorme por implantar en México una política revolucionaria independiente, libertaria e internacionalista que se expresó en diferentes sectores de intervención. Sin abandonar el sector estudiantil de donde venía gran parte de sus fundadores y dirigentes, logró insertar su acción y propaganda en sectores de trabajadores tanto en los tradicionales (electricistas, telefonistas, ferrocarrileros, etc.) como en los sectores surgidos en los cinturones industriales que rodean al Distrito Federal y a otras ciudades, acompañando también desde su fundación al Comité Eureka de Rosario Ibarra de Piedra y las “doñas” en su lucha por la presentación de los desaparecidos, declarándose un partido feminista e impulsando la lucha de las mujeres en todos los espacios en que participaba, iniciando con los primeros núcleos políticos de compañeros gays la lucha por las libertades sexuales y manteniendo siempre inclaudicable su posición internacionalista que se manifestó de diversas formas, destacando sus actividades en la defensa de Cuba socialista, de las revoluciones de Nicaragua y El Salvador, de la lucha de los obreros polacos por sacudirse la tutela de la burocracia soviética, de la solidaridad con las organizaciones revolucionarias que surgían en América del sur y su compromiso esencial con el internacionalismo participando en la construcción de una internacional revolucionaria lo cual determinó su adhesión a una de las corrientes de la Cuarta Internacional, la representada por el Secretariado Unificado integrado en 1963.
El PRT se atrevió también a aprovechar la coyuntura que significó la reforma electoral de 1977. Su primera intervención en las elecciones presidenciales de 1982 con la candidatura de Rosario Ibarra como la primera candidata mujer a la presidencia de la República fue un éxito rotundo. En las presidenciales de1988 la postulación de nuevo de la candidatura de Rosario Ibarra, a contracorriente de la de Cuauhtémoc Cárdenas, significó el mantenimiento de la independencia política del PRT que se pagó a un precio muy alto. La debilidad de la conciencia socialista y la persistencia poderosa del seguidismo tradicional izquierdista a las alternativas burguesas le afectó directamente, dividiéndose sus filas prácticamente por la mitad. Fue el inicio de una decadencia que se agravó por la decisión de su mayoría de seguir practicando una política electoralista que ya no conduciría sino al desdibujamiento del carácter revolucionario de la organización al sumergirse en los pantanosos laberintos de las exigencias de leyes profundamente antidemocráticas cuyo objetivo es atar a los partidos “registrados” a un electoralismo estéril que los hace vulnerables a la corrupción oficial. Para un grupo de compañeros en el cual yo participaba esta nueva situación significó que ya no teníamos nada que hacer en la organización y en 1996 decidimos emprender un nuevo comienzo con la fundación de la Liga de Unidad Socialista (LUS), organización en la cual milito actualmente.
La extraordinaria experiencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional cimbró por supuesto a la izquierda. La oportunidad de su revitalización y fortalecimiento, sin embargo, se perdieron por las limitaciones regionales y programáticas de dirección neozapatista que de hecho no fue capaz de encauzar el enorme caudal de apoyo y adhesión populares que surgieron en la defensa y en solidaridad con su lucha.
La encrucijada en la que hoy nos encontramos en México y en todo el mundo representa un reto de dimensiones históricas. ¿Cómo actuar ante tal situación? La búsqueda de la respuesta a esta pregunta es la materia de reflexión y de discusiones en los sectores revolucionarios de todos los signos. La lección de los trágicos acontecimientos que en el siglo XX condujeron hasta la situación actual es materia de análisis profundos por parte de los más lúcidos que con su experiencia contribuyen con sus aportes a guiarnos por los complicados senderos de la realidad de nuestros días. Ante todo nos convocan a ejercer más que nunca el pensamiento crítico el cual con su rigor y exigencias nos despeja el camino ante el sombrío panorama que enfrentamos. Por ejemplo Guillermo Almeyra en su interesante testimonio autobiográfico nos dice:
Tengo conciencia también que los socialistas, dos siglos después de Marx, somos hoy una ínfima minoría y no tenemos una organización internacional digna de ese nombre y que el concepto mismo de Socialismo ha sido terriblemente desprestigiado por los regímenes y partidos estalinistas o estalinizados [.…] Por eso, [….] no creo en los “ismos”, aunque durante muchos años de ignorancia y superficialidad fui “marxista” y “trotskista”, y por esa razón aplico el pensamiento crítico a quienes considero mis maestros: soy, como ya he dicho, un “seguidor laico” de Copernico, Darwin, Marx, Lenin y Trotsky y todo el que aporte algo a la liberación de los seres humanos de las tinieblas y las cadenas. (Guillermo Almeyra, Militante crítico. Una vida de lucha sin concesiones, Buenos Aires, 2013, pag.368).
Estas son profundas y bellas líneas en las cuales el compañero Almeyra ha destilado su experiencia de 70 años de lucha infatigable como un “militante crítico”.
Pero aprendiendo de sus lecciones también considero que el mismo Almeyra se equivoca al objetar y de hecho desprestigiar los esfuerzos de quienes consideramos que es necesario comenzar desde ya los primeros pasos de la construcción de las organizaciones revolucionarias cuya existencia es tan urgente para culminar con éxito las luchas espontáneas que surgen de manera constante en el trajín cotidiano de los trabajadores y demás sectores oprimidos. Aquí la experiencia de otro lúcido luchador nos permite clarificar la situación en que se encuentra ese esfuerzo permanente y difícil que es la construcción “partidaria revolucionaria”. Nos dice Daniel Bensaïd en su autobiografía:
Cambiar el mundo es más difícil, sin duda, de lo que Marx y nosotros mismos habíamos creído. Y no obstante no es menos necesario hoy de lo que era ayer. La necesidad impaciente de otra cosa comienza a moverse de nuevo en las manifestaciones internacionales de los diversos foros sociales [….] La sospecha hacia las lógicas del poder es saludable, sin duda. Pero ¿se puede imaginar una política sin autoridad, sin poderes, sin organizaciones, sin partidos? Sería una suerte de política sin política. Los discursos de moda sobre la crisis de la “forma partido” son, en primer lugar, una manera de eludir la cuestión de los contenidos y de los proyectos estratégicos. Puede ser que la construcción de una organización revolucionaria es tan necesaria como imposible, como el amor absoluto en las novelas de Marguerite Duras. Pero ello no ha impedido enamorarse nunca a nadie. (Daniel Bensaïd, Une lente impatience, París, 2004, pags.446, 453).
En México hoy nos encontramos en el quiebre radical en la política del poder priista que ha significado el gobierno de Peña Nieto atorado con el aborto de sus famosas “reformas estructurales de tercera generación” y con una crisis política que los acontecimientos de la noche de Iguala y los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos ha profundizado a un agujero que parece no tener fondo. En tal situación la izquierda verdadera, la que lucha por un cambio radical no puede conformarse con el electoralismo de un proyecto como el de Morena que todos los índices señalan a que será una repetición del PRD. En cambio las luchas que hoy se emprenden contra dichas reformas, en especial la de los maestros agrupados en el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación no sólo de la corriente militante y rebelde representada por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la de los trabajadores petroleros que resisten los planes de desempleo masivo que tiene el gobierno para Pemex, la de los trabajadores electricistas que han aprendido la dura lección de la derrota sufrida por los trabajadores del SME como consecuencia de la desaparición de la compañía de Luz y Fuerza del Centro y en general la situación tan difícil de todos los trabajadores que se defienden como pueden de la ofensiva brutal de los patrones contra sus salarios y sus condiciones de vida, todo ello apunta a que los trabajadores y oprimidos de México se percaten que deben iniciar lo más pronto posible la construcción de su propia organización partidaria que los defienda y los prepare para poner en práctica la contraofensiva estratégica proletaria cuya necesidad es tan urgente.
Nosotros apostamos, contra todo escepticismo tan de moda en estos días decadentes del cinismo neoliberal, a las potencialidades de inteligencia y combatividad de los trabajadores y el conjunto de los oprimidos que se desplegarán con toda su fuerza en los próximos ascensos revolucionarios. Así nos esforzaremos más que nunca en proseguir la lucha por la revolución socialista en México y en toda América Latina. Un combate internacional que acabe con la podredumbre del capitalismo y comience la construcción de un nuevo orden mundial humanista, democrático e igualitario, en una palabra, verdaderamente socialista y digno de la humanidad.
México, D.F. 9 de septiembre de 2015

viernes, 4 de agosto de 2017

Investigadores logran curar con nopal disminución de densidad ósea


 La Jornada
Sociedad y Justicia

Periódico La Jornada

A seis meses de suministrarlo, desaparece la hipercalciuria
Investigadores logran curar con nopal disminución de densidad ósea
Notimex
Viernes 4 de agosto de 2017, p. 34
El nopal contiene calcio suficiente para mejorar la salud de las personas con osteopenia, una condición que se caracteriza por la disminución de la densidad ósea, señalaron investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Los científicos del Centro de Física Aplicada y Tecnología Avanzada (CFATA) de la UNAM, campus Juriquilla, descubrieron que luego de seis meses de suministrar nopal en polvo a un grupo de mujeres con osteopenia desapareció la hipercalciuria –la excreción de calcio en la orina.
El profesor investigador del Laboratorio de Física en Alimentos Mario Rodríguez García destacó que, además, en un lapso de dos años, la densidad mineral ósea de las mujeres se incrementó.
Como el nopal tiene mucha fibra soluble e insoluble, resultó ser también un excelente remedio para el estreñimiento en las mujeres perimenopáusicas que participaron en el estudio, dijo a la Agencia Informativa Conacyt.
Resaltó que otro de los hallazgos fue que el calcio aumenta de manera significativa si el nopal está maduro, una situación que además de generar un bien a salud lo podría hacer también para la economía.
En México, se pierden miles de toneladas porque el campesino no puede vender el nopal maduro a pesar de que, técnicamente, es el de mayor valor. Ellos podrían secarlo y utilizarlo como suplemento de minerales y fibras en dietas animales y humanas, consideró el investigador.